domingo, 23 de octubre de 2016

GENTE DE LA PUERTA





    Un popurri de Álonsos, Alvarez y Presas en Riaño: Arantxa Alonso Álvarez; Julian Valladares Álvarez; David Presa Alonso; Mª Victoria Presa Fernández; Engracia Presa Alonso; Sagrario Álvarez Díez; Miguel A. Valladares Álvarez, Laudelina Álvarez Díez y Mª Pilar Alonso Álvarez

LA PUERTA Y SUS GENTES 1752-1987 (6)

LA PUERTA Y SUS GENTES 1752-1987 (6)

Décimo novena.-

Domingo Díez de Valbuena, de hedad de treinta y quatro años, estado noble, casado con María González, tiene por hijos a Francisca y María, menores. Exercicio labrador. Su jornal diario quatro reales, la utilidad annual en la madera de siete.

Esta familia no figura en ningún registro de La Puerta, ni los padres ni el nacimiento de ninguno de sus hijos, siendo esta noticia de 1752 la única vez que aparecen domiciliados en La Puerta.

Vigésima.- 

Froylán de la Riva, de hedad de veinte y quatro años, estado llano, casado con Josepha Álbarez, tiene por hija a Josepha. Su exercicio labrador. Su jornal diario quatro reales, la utilidad annual en la madera de siete.

Froilan desciende de Burón, sus padres Toribio y Bernarda residierton en La Puerta, pues hay más familia documentada en el pueblo; y Josefa era natural de La Puerta, nacida en 1729 e hija de Francisco Álvarez y María Díez. Bautizados en La Puerta figuran 9 hijos: Josefa de la Riva Álvarez (1751); Francisco (1753); Manuel (1756); Juan (1757); María (1760); Cruz (1763); Rosa (1765); Margarita (1768) y Josefa en 1772. 

Solo Juan tuvo descendencia en La Puerta, en donde aparecen registrados al menos 3 de sus hijos. Se casó con Antonia Allende García que descendía de Burón. Nacieron en La Puerta: Rosa (1791); Antonio (1796) y Esteban en 1798, año en el que desaparecen de los registros de La Puerta. Esteban al menos sabemos que se casó en Riaño, en donde tiene hijos registrados.

Vigésimo primera.-

Francisco de Valbuena, de hedad de cinquenta años, estado noble, casado con Francisca [ilegible], tiene por hijos a María, Bernarda, Michaela, Scolástica y Rosa. Exercicio labrador. Su jornal diario quatro reales, la utilidad annual en la madera de siete.

Francisco Valbuena era natural de La Puerta, mientras que Francisca descendía de Lario. En La Puerta están registrados los nacimientos de sus hijos, además de los ya indicados había otro nacimiento que no figura en el Catastro de Ensenada, prueba de que esta ya habia fallecido en 1752. María Valbuena Lario (1728); Ángela (1732); Micaela (1737); Escolástica (1741); Francisca (1744) y Rosa en 1747, año en el que desaparecen de los registros de La Puerta.

Vigésimo segunda.-

Francisco Álbarez, de hedad de quarenta y quatro años, estado noble, casado con Ignés de la Puerta, tiene por hija a Juana, menor. Exercicio labrador. Su jornal diario quatro reales, la utilidad annual en la madera de siete.

Francisco Álvarez Álvarez e Inés Puerta Díez tuvieron 5 hijos; da la casualidad que la hija, Juana, que se menciona en el Catastro no figura como nacida en La Puerta, en donde si nacieron sus restantes hijos: Francisco Álvarez Puerta (1748); Lorenzo (1752); María (1753) Juan (1756) e Inés en 1760, a partir de esta fecha nada más se vueve a saber de esta familia.

Vigésimo tercera.- 

Francisco de la Puente, mozo soltero, maior, jornalero, su jornal dos reales.

Francisco de la Fuente Rodríguez tenía 20 años cuando se elaboró el Catastro, nacido en La Puerta en 1732 e hijo de Manuel de la Fuente y Lucía Rodríguez. Más tarde se casó con Manuela Solares de la Riva. Fruto de este matrimonio nació en 1778 Manuela de la Fuente Solares. Desde esta fecha no vuelven a aparecer en los registros de La Puerta.



Miguel Ángel Valladares Álvarez



















sábado, 15 de octubre de 2016

NUESTROS VECINOS QUE EMIGRARON



NUESTROS VECINOS QUE EMIGRARON. 

(Nota: en anteriores capítulos he referido a “nuestros vecinos” residentes pero quisiera recordar también a aquellos que nos visitaban cada verano y formaban parte de nuestras vidas, como si fueran de otro barrio “un poco más alejado”).

Seguimos nuestro camino, por el vial de acceso al parador (no es excesiva la pendiente, si la distancia), hasta llegar a la parte trasera, a unas puertas grandes donde aparece Laude (la del tío Quico), que le indica a mi padre el lugar donde debe depositar el bidón y, de la mano, me lleva a las cocinas para darme un puñao de caramelos (tofe con piñones “El Caserío”) que están riquísimos (no los venden en las tiendas) y también comparto con mi padre (el resto los guardo para mi madre y hermanos).


 El regreso es más agradable (menor esfuerzo, cuesta abajo, comiendo chupitainas) pero es algo tarde y atajamos por el puente de La Rebisquera, dejando a la derecha el “prao de los panaderos” o “prao cerrao”. Al llegar al cruce de El Regachín, tenemos que detenernos para no entorpecer el paso del rebaño de cabras que conduce Manolo, “el asturiano”, en dirección a las eras y hasta “las peñas”, donde pastarán todo el día.


Posteriormente, solicito a mi progenitor que me explique por qué no he visto a personas jóvenes esta mañana, siendo éstos son los motivos:
·         Unos están estudiando (sus padres les quieren “dar estudios” para que su vida sea mejor que la suya): Begoña, Conchita, Isabel, Paquita, Mari Fe, etc.
·         Otros se hallan cumpliendo el servicio militar (todos los españoles deben servir a la patria durante un tiempo): Ismael, Luis, Luisito, etc.
·         Algunos se preparan para dedicar su vida a Dios (los curas y las monjas son necesarios, ayudan mucho a las personas): Goyo, Lupe, Daniel, etc.
·         Varios están trabajando en el parador, la sierra, la choricera, los hornos; también en Riaño o pueblos de los alrededores.



Asimismo, deseo conocer la causa de abandono del pueblo hacia otros lugares de España e, incluso, al extranjero, por parte de muchos vecinos y amigos. Mi padre me informa sobre esta materia:
·         Muchos han ido a León por proximidad: tío Argimiro, tía Laude, Nides, etc.

·         La mayoría fue a trabajar a Madrid porque es muy grande y hay más opciones: tía Sabina, Araceli, Zósimo y Oliva, Nato, Demetrio, Piyo, Fabio, Emilia, Andrea, etc.
·         Bilbao, debido al desarrollo industrial, también atrajo a bastantes: Marino y Ángeles, Julio y Sagrario, Valentín y Laude, Adelina, Liborio, Vicente (“el del chato”), Luisa, Poli, Sabino, Onésimo, etc.
·         En Asturias también hay una pequeña representación (Gelina, Pilar, Ángel, Félix, Gela, etc.); a pesar de la cercanía no vienen al pueblo los fines de semana.
·         A Barcelona llegaron algunos, aunque se encuentra muy lejos: Dito, Marina, Paquita, Asela, etc.
·         Otros están dispersos por varias ciudades: tío Heraclio (Castellón), Mauro (Valladolid), etc.

·         Y una cantidad importante se fue al extranjero (están  muy lejos, no viene ni de vacaciones): tío Alfredo, Pedro (“el del chato”), Doroteo, Federico (Venezuela), Anselmo (EE.UU.), Olegario y Santiago (México), etc. 

·         Mención especial merecen quienes se han dedicado a la vida religiosa, siendo curioso las relaciones fraternales entre ellos: mis tías Doni y Covadonga; Timio, Toti y Goyo; Pedro y Fortunato; Patricio y Honorato.



También me adelanta algo sobre un pantano, pero no entiendo nada y me lo tendrá que explicar detenidamente porque he oído a mi madre vocear: “Jesusínnnnnnn”. Rápidamente contesto: “voooooy”.  A las horas habituales (comer, cenar) o por eventos especiales nuestras madres gritan el nombre a los cuatro vientos y si no hay contestación nos buscarán hasta encontrarnos.

Llegamos “a mesa puesta”, mientras la deliciosa sopa del cocido, sobre la chapa, y los suculentos garbanzos, al lado de lumbre, desprenden unos aromas inconfundibles; mis hermanos esperan sentados en el escaño y el gato tumbado al lado de la lumbre (el perro estaba echado a la puerta de casa, ahora se asomará por la ventana cada poco tiempo para insinuarnos que también almuerza). Mis padres no ha parado en sus quehaceres y ahora pueden sentarse un rato a comer en familia, momento que aprovecho para contarles mis aventuras mañaneras y mi padre nos asigna unos trabajos a los hijos: limpiar las cuadras, ir con las vacas, buscar cotrín, ir a “por verde”, etc.

Después de comer, mi madre me pide que apunte en una libreta las vivencias de hoy para que algún día las conozcan sus nietos. Así lo hago mientras ellos se echan una pequeña siesta.


Jesús (el mediano de Toño y Enedina).            

domingo, 2 de octubre de 2016

DE LAS VECERAS PASTOR



DE LAS VECERAS PASTOR

Pastor de veceras. Arreando libertades, deteniendo ignorancias. San Pedrín 2016.

Pastor en los montes comunales de La Puerta. Aprendió de su abuela Ángela a cuidar la Rubia que estaba abocada a parir, en la pradera de Pontaniella. También que cuando el sol se pone hay que marchar a casa, aunque el pastor no entendía mucho que el sol se pusiera, cuando en realidad se estaba marchando. El pastor continuó siendo pastor de corderos por La Cuesta, también de jatos hasta Praocavao, de anojos en Retollorán, pastor de ovejas por la Costaniella, Pozollao, Ridescaro, Los Casares y a veces hasta boca La Salsa. Con la cabaña, (las novillas que pacían en Hormas), las ordenanzas concejiles no  permitían ir (los pastores dormían en la chabola) Las yeguas bajaban alguna vez en el verano y las subían hasta la Sierra los mozos a caballo, bajando después al pueblo andando.



Pero donde el pastor ejerció su oficio fue en la segunda vecera de La Puerta, a la que tenía que arrear por los Cotorros hasta las Borías buscando los mejores careos por Peñasblancas, Cuetosnegros, La Regera de Santa Marina, Camilñón, La Collada los Nuales. Y al otro lado del río, por Barroso y el Villar, donde una vez el guarda le prendó las vacas por dejarlas pacer en praderas particulares.

El pastor no estaba solo, le ayudaban sus perros. Se acuerda de Reina, de Golfo, a los que bautizó con esos nombres porque Ernsc Jürgem Brem, le llevó en Madrid a ver “La dama y el vagabundo”. No se le olvida al pastor, al pastor de la Vecera, el careo de Saguas en agosto cuando se juntaban las tres veceras del pueblo. Además de cuidar las vacas andábamos a pandoso (pan de oso, vigurnum viburnum lantana, una planta) No se le olvida al buen pastor, el pastor de las Veceras, el día que le doctoraron Eusebio, su tío, y Las Magdalenas (tres hermanas solteras de más ochenta años) al oírlas decir ¡que ganadero es este “rapá”!

El pastor con su hermano mayor  por el camino del Andrinal, viniendo de esparder hierba del prao de Traslatorre. El fotógrafo fue Patricio Domínguez.


Al pastor, al pastor de las Veceras, le siguen supurando las heridas de las aguas del pantano de Riaño que inundaron todos estos parajes en los que vivió, pero le indigna mucho más la sepultura bajo las sucias aguas del egoísmo, los intereses particulares y el dinero que acabaron con los valores del colectivismo agrario, el pastoreo comunal, los concejos y la participación de pastores y ganaderos en la vida del pueblo.

Leoncio Álvarez Álvarez.
Poncho

viernes, 30 de septiembre de 2016

FAMILIAS DE LA PUERTA: EULOGIO EL MADREÑERO


FAMILIAS DE LA PUERTA

Independientemente del seguimiento de las familias que habitaron La Puerta desde 1752 hay otras familias que también pasaron por La Puerta provenientes de otros lugares, unas veces cercanos y otras más lejanos. Y este es el caso de la familia a la que vamos a dedicar un espacio en nuestro blog, porque aunque sólo uno de la familia nació en La Puerta, todos los integrantes de ella se encuentran enlazados con este pueblo y bien podemos decir que su querencia hacia La Puerta y sus gentes la llevan grabada hasta la médula.

  Decía que de esta familia uno de sus integrantes figura en los registros de nacimientos en La Puerta, se trata de Florencio Hevia Rodríguez, nacido un 19 de julio de 1942, y bautizado el 27 del mismo mes, actuando como padrinos Melchor Cimadevilla, de Lario y su hermana Dolores Hevia, Por cierto, como era costumbre, ayudaban al sacerdote en esa ceremonia una persona mayor, Vicente Suero y un menor Antonio González  Álvarez, futuro marido de Enedina Álvarez.

    Esta familia encabezada por el matrimonio  de Eulogio Hevia y Asunción Rodríguez  llegó a La Puerta procedente de Riaño, allí nacieron tres de sus hijos Veremundo (1932) y Soledad (1933) y Laudelina Dolores (1934), falleciendo está última poco antes de cumplir los 2 años.

                             Foto Marisol Gil Hevia: Eulogio Hevia y Asunción Rodriguez.



Por razones de trabajo,  Eulogio era madreñero, la familia abandonó La Puerta y se trasladó en varias ocasiones a otra localidades, Lugo, en donde nació otra de sus hijas Dolores, Mieres, Crémenes, para volver a La Puerta en donde residieron hasta 1957.

    Veremundo Hevia.


En las dos etapas que residieron en La Puerta vivieron primeramente en la casa de Julia, frente a la cuadra del tío Isidoro, casa famosa ya que su balconada fue escenario de la pelicula Cuerda de Presos, y que los más pequeños, y permítaseme la licencia de incluirme entre estos, recordamos viviendo más tarde primero a Ramón el Cestero y más tarde al caminero de Ribota. En su segunda y más amplia estancia en La Puerta fueron vecinos de Fermín y Domitila. 

Eulogio trabajó en la madreñera de Julio, ahí enseño a trabajar con las máquinas entre otros a Román Domínguez hasta que en 1957 se trasladó a vivir a Puente Castro.

          Foto Marisol Gil Hevia: Soledad Hevia, la primera a la derecha, acompañada por la mocedad              de La Puerta. De Izq. a Dcha: Carmen, Ámerica, la niña Josefina, hija de Laude; la terdera nos            es desconocida, Manuela Alonso; Marina, Maruja, Jandra, Angelina, Leonides y Esther.


Hace unos días recibimos la visita, después de 48 años de Soledad Hevia acompañada de su hija Marisol y de uno de sus nietos, Soledad había visitado La Puerta en 1968, viaje en el que volvió a recordar parte de su infancia y disfrutar de la compañia de los que fueron sus vecinos.


          Fotos Marisol Gil Hevia: Soledad y sus hijos en la visita a La Puerta en 1968, En el corral del tío Fermín y la familia acompañados por Fortunato Domínguez.

Soledad desde su segunda estancia en La puerta se trasladó a Madrid, en donde se casó y formó una familia, y desde aquel 1968 no había regresado a nuestra montaña.

                    Foto Marisol Gil Hevia: Soledad en 1957.


 Me satisfizo enormente el encuentro, el conocer y acompañar a esta familia en su visita a La Puerta, ser participe de su ilusión, del reencuentro con sus vecinos a los que nunca olvido. Todo un placer.





    
    Foto Miguel Valladares: Soledad acompañada por su hija Marisol y Gregorio González, su vecino de toda la vida.


Miguel A. Valladares Álvarez









miércoles, 14 de septiembre de 2016

NUESTROS VECINOS DEL BARRIO ABAJO


NUESTROS VECINOS DEL BARRIO ABAJO.

Por la estrecha calleja situada entre la casa de Genoveva y la de Fidel, llego al corral que ambos comparten y al porche donde se halla él, sentado en una sillina, afilando una puntilla (desconocía este instrumento cortante); ante mis peticiones de información sobre su actividad de matarife me comenta, muy serio y sereno, que debe ser certero y rápido para evitar sufrimientos innecesarios al animal. Mientras atendía expectante sus explicaciones, pasa Genoveva diciendo que va a ver a su hermano Alberto (a esta mujer la he visto pasar incontables veces delante de mi casa y por la calleja, en ambos sentidos, hacia su destino y siempre caminando lentamente).



Me despido del “matachín” (así le apoda mi padre cariñosamente) y me reincorporo a la calle del barrio Abajo, enfrente de “la choricera”, donde me cruzo con Julia, que va tocada con el velo y ello me hace suponer que acude a misa o, simplemente, a la iglesia. Tomo la dirección del cementerio y en la primera travesía, a la derecha, diviso al tío Fermín, unciendo las vacas; el carro (sin los picos) apoyado en el peón para engancharlo al yugo (se prepara para ir por un viaje de escobas); al acercarme, observo a la tía Domitila sentada en la entrada, desplumando un pollo.

Tras la charla con mis tíos, me voy a buscar a Manolín, hijo de “Pepón”, y les encuentro a todos en la cocina: la anciana señora Petra está amurmiando sobre la trébede, Anuncia cura unos clavos de la mano de su hijo y Pepe recose una garrafa; al verme nos exhorta (refiriéndose a su hijo y a mí): “vais a tener que ir aprendiendo a tirar la red”; ambos mostramos total disposición.

Como mi amigo se halla en proceso de cura (a todos nos salían las puñeteras verrugas) prosigo mi aventura. Al reincorporarme a la vía, pasa una carroceta, cargada de troncos, que se dirige a la sierra; observo sus maniobras de aproximación hasta que aparece Pedro (el jefe) para indicarle donde debe descargarlos. Entre tanto, se ha acercado su esposa, Amparo, con su sobrina y le dice que la lleva al médico a Riaño. Pedro no se inmuta pues Ana Carmen (vive con ellos) es muy movida y siempre anda parniquebrada.

Avanzo unos metros hacia el camposanto y adelanto a una señora que lleva setas en una cestina; es una de “las madalenas” (son dos y no diferencio sus nombres), la otra está sentada delante de casa esbillando unas vainas. A lo lejos veo a Nato que intenta poner los picos al carro y allí me dirijo por si precisara mi ayuda (a los niños nos gusta colaborar con los mayores); me encomienda sujetar la escalerilla mientras él encaja los picos traseros (aunque creo que no es necesario, lo hago); efectivamente, aparece Carmen (lleva un conejo en canal) y le recrimina: “no tomes el pelo al rapaz”.

Ya que estoy al final del barrio, decido ir a revisar la última morada; echando una carrera llego y me encaramo al muro (metiendo la puntera de los pies entre las piedras): todo está muy tranquilo, no se mueve nadie, hay mucho hierbajo y las cruces sobresalen. Para retornar prefiero ir paseando hasta el inicio de la calle; cuando llego a casa de Federico le veo entrar en casa con un trambo y unos gromos (su hogar presenta un aspecto negruzco, igual ahúma chorizos todo el año).

Al llegar a la casa de Leandro, sus hijas están jugando en el jardín, y, en la portalada, el propietario comunica a Santiago (su hijo, que es tratante): “yo voy a buscar el burro con la motocicleta Mobylette y tú lleva los jatos al matadero”. El referido obedece y me invita a acompañarle en su camioncillo de transporte de ganados; por supuesto, accedo ya que es un buen hombre (el día su Santo invita a todos los vecinos al vermú, “an ca Jandra”).


Antes de tomar la curva, cerca del puente de la entrada, veo venir a mi padre con un bidón de leche cargado en la carretilla y, por la hora, deduzco que se dirige al parador (en la recogida le atienden mujeres del pueblo o de otro cercano y siempre me dan algo: pasta, bollo, caramelos, etc.). Subiendo la rampa izquierda del puente, nos cruzamos con Sole (trae una lecherina, viene a casa de mi tía Paz a recoger su litro diario) y un poco más adelante, enfrente del Salido de los Jatos, coincidimos con Ito (el caminero de la casilla): está colocando, al borde de la carretera,  una señal redonda con un borde rojo y una vaca negra en su interior (no entiendo para qué la pone si ya todos sabemos que allí se juntan las vacas para formar la vecera).


Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

lunes, 29 de agosto de 2016

LA CLÁSICA DE SAN PEDRÍN (LA PUERTA HACE 60 AÑOS)


LA CLÁSICA DE SAN PEDRÍN
(LA PUERTA HACE 60 AÑOS)
CRÓNICA
La Clásica de San Pedrín, en el segundo día de la fiesta de la localidad, se inició a media tarde con un recorrido que no superó los 10 kilómetros; recorrido prácticamente llano, con un nivel ascendente en la primera parte de la prueba, pero sin la suficiente entidad como para ser puntuable para premio de la montaña y una pendiente descendente en su segundo tramo de regreso a meta.

La carrera que partió desde La Puerta, discurrió por la nacional 621 en su totalidad, para llegar al Puente de Torteros, en donde se giró para regresar al punto de partida. Solo hubo un punto de avituallamiento, situado en el kilómetro 1, en la Casilla del Caminero, en cuyo portal siempre estaba disponible el botijo con el agua fresca recién traída del Parador Nacional de Turismo, y siempre disponible al grito de ¡Áurea, el botijo!

El pelotón se concentró ante el Bar de Isidoro, lugar de salida y llegada, con las bicicletas de hierro y sin engranajes, con las gomas de freno más gastadas y brillantes que un garabito, quien los tiene, los más frenaron metiendo la alpargata en la "lenticular" trasera. Los guardabarros al uso y medio sueltos y con sus dinamos preparadas por sí a alguno de los participantes se le hiciera de noche.

No ha habido una numerosa participación, y los ciclistas son todos conocidos de los aficionados entre los que se ha creado una inusitada expectación: Olegario Álvarez; Valentín Alonso, Zóximo Valladares, Eulogio Álvarez, los hermanos Rodríguez: Gundo y Nato y Guillermo Rubio, el Tigre de la Montaña, que lo fue de La Montaña antes que de Villahibiera.

Sin banderín de salida y al grito de ¡ya!, los participantes partieron y ya de salida Guillermo Rubio demarró y a la altura del Salido de los Jatos aventajaba a su perseguidores en más de 100  metros, ventaja que al llegar al Puente de San José seguía en aumento. Los perseguidores perdieron de vista al escapado en las curvas de La Calcada, no volviéndole a ver hasta llegar a la recta de Éscaro, momento en el que el pelotón, que aún no había llegado a la rampa de Camiñon, ve al escapado que ya ha superado la rampa La Ermita. El escapado hace su entrada en Éscaro, ni tan siquiera al llegar a casa del tío Patricio, desde donde se tiene una visión de toda la recta de Éscaro, se permite la licencia de mirar atrás. Al llegar al Puente de Torteros, paso intermedio, gira brutalmente levantando hasta gravilla y dejando la huella de la cubierta en la brea, para a continuación acelerar y recuperar la cadencia de pedaleo. Ya de vuelta, se cruzó con sus perseguidores que se encontraban a la altura de La Marnia.

El fugado, rodando a piñón fijo, y nunca mejor dicho, fue aumentando su ventaja a la sombra de la larga chopera de la recta de Éscaro, entrando derrapando en las curvas de La Calcada y evitando con maestría un bache a la altura del prao del tío Leandro, aún sin segar. Por atrás, el pelotón rodó sin organizarse para poner fin a la fuga, cada uno pedaleó lo que pudo y  alguno llevaba los muelles del sillín escaneados en el trasero.

Guillermo Rubio, el Tigre de la Montaña, empezó a tener problemas mecánicos a la altura del Prao del Toro, y al entrar en el Rincón del Molino la cadena empieza a darle problemas, problemas que se agudizan a la altura del Puente de la Rebisquera en donde definitivamente ésta se salió. Pero el escapado nunca se dio por vencido y tras echar la bicicleta al hombro corrió los últimos 500 metros para entrar destacado en la meta. El pelotón llegó un poco antes de la vecera.

El ganador, que no presentó muestras de fatiga, no hizo declaraciones, tan solo gritó su lema de guerra ¡písale junquillo hasta que quememos el chofer!; mientras que sus perseguidores destacaron la fuerza con la que rodó el ganador y la distancia que les sacó ¡y eso que hicimos trampa y dimos la vuelta antes de llegar a Torteros!, declaró uno de ellos.


Miguel A. Valladares Álvarez