miércoles, 14 de septiembre de 2016

NUESTROS VECINOS DEL BARRIO ABAJO


NUESTROS VECINOS DEL BARRIO ABAJO.

Por la estrecha calleja situada entre la casa de Genoveva y la de Fidel, llego al corral que ambos comparten y al porche donde se halla él, sentado en una sillina, afilando una puntilla (desconocía este instrumento cortante); ante mis peticiones de información sobre su actividad de matarife me comenta, muy serio y sereno, que debe ser certero y rápido para evitar sufrimientos innecesarios al animal. Mientras atendía expectante sus explicaciones, pasa Genoveva diciendo que va a ver a su hermano Alberto (a esta mujer la he visto pasar incontables veces delante de mi casa y por la calleja, en ambos sentidos, hacia su destino y siempre caminando lentamente).



Me despido del “matachín” (así le apoda mi padre cariñosamente) y me reincorporo a la calle del barrio Abajo, enfrente de “la choricera”, donde me cruzo con Julia, que va tocada con el velo y ello me hace suponer que acude a misa o, simplemente, a la iglesia. Tomo la dirección del cementerio y en la primera travesía, a la derecha, diviso al tío Fermín, unciendo las vacas; el carro (sin los picos) apoyado en el peón para engancharlo al yugo (se prepara para ir por un viaje de escobas); al acercarme, observo a la tía Domitila sentada en la entrada, desplumando un pollo.

Tras la charla con mis tíos, me voy a buscar a Manolín, hijo de “Pepón”, y les encuentro a todos en la cocina: la anciana señora Petra está amurmiando sobre la trébede, Anuncia cura unos clavos de la mano de su hijo y Pepe recose una garrafa; al verme nos exhorta (refiriéndose a su hijo y a mí): “vais a tener que ir aprendiendo a tirar la red”; ambos mostramos total disposición.

Como mi amigo se halla en proceso de cura (a todos nos salían las puñeteras verrugas) prosigo mi aventura. Al reincorporarme a la vía, pasa una carroceta, cargada de troncos, que se dirige a la sierra; observo sus maniobras de aproximación hasta que aparece Pedro (el jefe) para indicarle donde debe descargarlos. Entre tanto, se ha acercado su esposa, Amparo, con su sobrina y le dice que la lleva al médico a Riaño. Pedro no se inmuta pues Ana Carmen (vive con ellos) es muy movida y siempre anda parniquebrada.

Avanzo unos metros hacia el camposanto y adelanto a una señora que lleva setas en una cestina; es una de “las madalenas” (son dos y no diferencio sus nombres), la otra está sentada delante de casa esbillando unas vainas. A lo lejos veo a Nato que intenta poner los picos al carro y allí me dirijo por si precisara mi ayuda (a los niños nos gusta colaborar con los mayores); me encomienda sujetar la escalerilla mientras él encaja los picos traseros (aunque creo que no es necesario, lo hago); efectivamente, aparece Carmen (lleva un conejo en canal) y le recrimina: “no tomes el pelo al rapaz”.

Ya que estoy al final del barrio, decido ir a revisar la última morada; echando una carrera llego y me encaramo al muro (metiendo la puntera de los pies entre las piedras): todo está muy tranquilo, no se mueve nadie, hay mucho hierbajo y las cruces sobresalen. Para retornar prefiero ir paseando hasta el inicio de la calle; cuando llego a casa de Federico le veo entrar en casa con un trambo y unos gromos (su hogar presenta un aspecto negruzco, igual ahúma chorizos todo el año).

Al llegar a la casa de Leandro, sus hijas están jugando en el jardín, y, en la portalada, el propietario comunica a Santiago (su hijo, que es tratante): “yo voy a buscar el burro con la motocicleta Mobylette y tú lleva los jatos al matadero”. El referido obedece y me invita a acompañarle en su camioncillo de transporte de ganados; por supuesto, accedo ya que es un buen hombre (el día su Santo invita a todos los vecinos al vermú, “an ca Jandra”).


Antes de tomar la curva, cerca del puente de la entrada, veo venir a mi padre con un bidón de leche cargado en la carretilla y, por la hora, deduzco que se dirige al parador (en la recogida le atienden mujeres del pueblo o de otro cercano y siempre me dan algo: pasta, bollo, caramelos, etc.). Subiendo la rampa izquierda del puente, nos cruzamos con Sole (trae una lecherina, viene a casa de mi tía Paz a recoger su litro diario) y un poco más adelante, enfrente del Salido de los Jatos, coincidimos con Ito (el caminero de la casilla): está colocando, al borde de la carretera,  una señal redonda con un borde rojo y una vaca negra en su interior (no entiendo para qué la pone si ya todos sabemos que allí se juntan las vacas para formar la vecera).


Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

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