sábado, 1 de diciembre de 2018

A TODO GOCHO LE LLEGA SU…



A TODO GOCHO LE LLEGA SU…
La matanza se podría considerar el arte de aprovechar todos los componentes del gocho con la finalidad de alimentar a los miembros de la familia durante un año, incluidos el perro (algún hueso le tocará rucar) y el gato (siempre le caen varios restos a la hora de comer). Es una tradición muy extendida y antiquísima, transmitida en el núcleo de las familias sin apenas variaciones ni avances tecnológicos; como tal, exige un ritual o protocolo que es obligatorio observar cuidadosamente.

En nuestro pueblo de La Puerta, en la década de los 70, al igual que en muchos otros, es un acontecimiento social donde se reúnen miembros de varias familias (de todas las edades) para realizar las tareas de forma colectiva, incluidos los más pequeños, colaborando en sencillas encomiendas: sujetar al animal por el rabo (broma reiterada), traer o llevar algo (utensilios, herramientas y recados a las mujeres), espantar al perro  (siempre expectante), etc. Para los niños llega a ser un día muy especial, convives con primos de todas las edades y presta estar con ellos, a pesar de las rabias que nos hacen los mayores, jugando hasta bien entrada la noche (si los progenitores se divierten, charlando y cantando, acompañados de licores en suficientes cantidades).


En todo el proceso se observa una seriedad extrema y un sobrecogedor respeto por el sacrificado, efectuando las tareas de expiración rápidamente y por el ejecutor más especializado; en La Puerta se contaba con la reputada profesionalidad de Fidelín (por su complexión) para tales menesteres, aunque también había vecinos que se mofaban por alguna actuación en la que había errado.

Todo está planificado, aunque no lo parezca, pues la empresa es tan importante que la manutención familiar depende primordialmente de esta actividad y no creo estar exagerando ya que todos conservamos en nuestra memoria sabores únicos de productos porcinos en cada comida: los cocidos acompañados de morcilla, costilla y tocino fresco, el almuerzo con torreznos y chorizo frito, la merienda con chorizo ahumado o tocino untado en una rebanada, la cena rematada con el jamón curado, las patatas o el arroz con costilla adobada, etc.

La organización se inicia con bastante anterioridad al día del sacrificio, siendo preciso analizar varios factores: cuántos cerdos se necesitan (uno o dos) y su tamaño (grandes o medianos) que dependerá de la cantidad de los miembros de la familia (no se contemplaban otras opciones: presencia de colesterol, personas vegetarianas, alimento light, etc.); también hay que decidir cómo se adquiere el gorrino: puede separase un gochín de una camada propia (en casi todas las casas había una madre de cría), otras veces se compra un cochinillo y se ceba expresamente, algunos compran un cebón, etc.

En cada uno de esos casos es muy importante considerar el plazo (5 o 6 meses) que se necesita para que el animal llegue en su peso óptimo; durante este tiempo vive aislado en su cubil, pero su presencia se percibía de inmediato en el ambiente vacuno. Allí, ajeno a su fatal destino, pasaba sus días en soledad, degustando los productos frescos del huerto (remolachas, nabos, gamones) y las raciones elaboradas a base de patatas cocidas, salvaos y pulpa, servidas diariamente en su artesa. A ésto contribuíamos especialmente los niños en las primeras fases de crecimiento pero enseguida desistíamos por su repetición y exigencia de cuidado.


Por otra parte hay que hacer acopio de ingredientes para elaborar las masas y adobos de chorizos y morcillas, la cura de jamones y brazuelos, además de la conservación de otras viandas: orégano de las peñas (recogerlo en verano y ponerlo a secar), pimentón (adquirido en tiendas de Riaño o la feriona de noviembre), cebollas del huerto (implica sembrarlas previamente), sal, tripas de compra (por si acaso no llegan con las del inmolado) y otras sustancias para satisfacer el propio gusto del consumidor final.

También se debe revisar la máquina de hacer chorizos y sus componentes, preparar las herramientas de corte (cuchillos varios, piedras, hachinas), inspeccionar elementos de madera (varales, mesa, gamellas, artesas), localizar los cuelmos (igual se los ha llevado algún ladronzuelo), etc. En caso de olvidos e imprevistos no supone ningún problema pedir prestado algo a un familiar, vecino, amigo, etc.

Por supuesto, si hubiera elementos defectuosos o deteriorados serán reparados o sustituidos por otros nuevos o de segunda mano, ya sean comprados o de elaboración propia; casi todos los varones eran curiosos en las tareas artesanas, quizás por necesidad más que por habilidad.

Duermo en el piso superior, tapado hasta la coronilla, en posición fetal, sujetando las mantas contra mi cuerpo, la cama calentita (creo que no me he movido en toda la noche), una oreja encajada en la almohada, me despiertan los gruñidos de un gocho, se perciben nítidamente, se halla en la cercanía y ello me indica que ha llegado el día de San Martín.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).


viernes, 9 de noviembre de 2018

NUESTROS EMIGRANTES (3) LA FAMILIA MORENO DIEZ



NUESTROS EMIGRANTES (3)

LOS MORENO DIEZ DE LA PUERTA


La familia Moreno ya está documentada como residente en La Puerta  en el siglo XVII, Juan Moreno y María Díez son los primeros documentados. Es el siglo XVIII, 1752, cuando se elabora el Catastro de Ensenada Juan y María ya habían fallecido, en cambio dos de sus hijos siguen residiendo en el pueblo: Juan y Marcos. De Juan Moreno se dice que cuenta con 38 años de edad, es decir, nacido en 1714, estaba casado con Manuela Alonso y no tenían descendientes en el momento de la elaboración del Catastro, aunque más tarde tendrían 4 hijos. De su hermano Marcos Moreno sabemos por el citado documento que en 1752 tenía 32 años, nacido en 1720, estaba casado con Francisca Rodríguez y tenía en ese momento 5 hijos: Francisco, Manuel, María, Juan y Juana.

Primera página del Catastro de Ensenada correspondiente a la Villa de Riaño.

Estas dos ramas de la familia acabarían desapareciendo de los registros de La Puerta, siendo en 1908 en donde aparece el último registro referente a esta familia. Principalmente el apellido se traslada a Riaño a través de ciertos matrimonios, e incluso hoy en día los descendientes de Juan Moreno siguen residiendo en Riaño y pueblos limítrofes. 

Nuestros emigrantes del presente trabajo son descendientes de la rama de Juan Moreno Díez, un hijo de este Manuel, contrajo matrimonio en primeras nupcias con Francisca Sierra Posada natural de Riaño, fruto de este matrimonio nacerían 6 hijos. Tras enviudar se volvió a casar con María de la Fuente Fernández natural de Carande, con quien Manuel tuvo otros 6 hijos más.

Valentín Moreno de la Fuente, el benjamín de la familia, nacido en 1805 es el padre de nuestra pareja de emigrantes. Valentín se casó con Lorenza Díez Álvarez, natural de La Puerta, el matrimonio tuvo 7 hijos: Ana María, Francisco, Mª Manuela, Rosa, Concepción, Benito y Cecilio. De ellos, Rosa y Cecilio son los que tomaron la decisión de emigrar.

Rosa Moreno Díez nació en La Puerta en 1844, se casó en 1867 con Pedro Sierra Miguel natural de Riaño, la pareja residió en Riaño y tiene registrados 7 hijos en la montaña, algunos de sus hijos aparecen bautizados en La Puerta y otros en Riaño: Andrea (1873), Indalecio (1876); Inocenta (1878) y Josefa (1884) aparecen en La Puerta y Asunción (1881); María (1882) y Lucas (1886) en Riaño. Asunción, María y Lucas fallecieron a edad temprana.

Hoja del Censo de 1895 correspondiente a la Capital Bonaerense.

A ciencia cierta desconocemos la fecha de su partida, pero todo hace indicar que esta es posterior al fallecimiento de su último hijo Lucas, enero de 1887 y anterior a 1895, fecha en la que aparecen en el Censo Argentino residiendo en Buenos Aires, capital de Argentina.

Según este Censo la familia reside en la Capital Federal y en ese momento la familia la componen Pedro Sierra con 55 años; Rosa Moreno de Sierra con 47; Andrea Sierra Moreno 21 años; Inocenta Sierra Moreno con 17 e Indalecio Sierra Moreno con 19. Desconocemos igualmente la suerte de Josefa, que debería tener 11 años, además, el censo declaran que el número de hijos que tuvo el matrimonio es de 10.

Cecilio Moreno Díez nacía en La Puerta en 1856, se casa en Éscaro el 1 de septiembre de 1878 con Juliana Gutiérrez Díez, hija de Estanislao Gutiérrez y María Díez, todos naturales de Escaro.


        
        

Registro de matrimonio de Cecilio Moreno y Juliana Gutiérrez 


El matrimonio fijó su residencia en La Puerta, en donde en 1879 registraban el 24 de mayo a su hija Bernardina. También desconocemos la fecha de su partida, pero sabemos que en 1882 ya residían en Argentina, ya que en esa fecha nace su hijo José,  más tarde nacerían Florentina (1884), Daniel (1887), Cecilio (1888) y Fausto (1891).


    Hoha del Censo argentino de 1895


En 1895, Según el Censo de la Provincia Argentina de Buenos Aires, la familia Moreno Gutiérrez estaba avecindada en la ciudad de General Dorrego, al Suroeste de la Provincia, se dedicaba a la crianza, y el hogar estaba compuesto por el matrimonio y 6 los hijos ya mencionados, por el mismo documento sabemos que además de estos otros 3 hijos más fallecieron por diversas causas, ya que acreditan ser padres de 9 hijos.


Registro Bautismo en Tres Arroyos (Argentina) de Daniel Moreno Gutiérrez.

El caso Cecilio Moreno es un claro ejemplo de la política llevada a cabo por el Gobierno Argentino. En el periodo 1881-1890 emigraron a Argentina 134.492 españoles, en su mayoría se trataba de familias enteras que acudían a una llamada gubernamental en la que daban todo tipo de facilidades y comodidades para instalarse en Argentina. Entre estas familias pioneras hay varias pertenecientes a nuestro entorno, y fueron estas las que más tarde hicieron uso de la Carta de Llamada para facilitar la entrada de otros.

En un principio, tras su llegada a suelo argentino, las familias residían temporalmente en el llamado Hotel de Emigrantes, allí se les ofrecía alguna concesión o se les daba un tiempo para buscar otro tipo de destino. A los primeros llegados, el gobierno intentaba fomentar el asentamiento de estas familias en determinados lugares deshabitados para explotar esas tierras. En el caso de algunas de nuestras familias, son muchas las que se asentaron en la capital, pero también las hay que se asentaron principalmente al Oeste y Suroeste de la Provincia de Buenos Aires, en la que el gobierno desarrolló una amplia red ferroviaria con el fin de comunicar y dar salida a toda la producción de las nuevas explotaciones.

Hotel Inmigrantes Buenos Aires.jpg
Antiguo Hotel de Emigrantes en el Puerto de Buenos Aires.

Hubo varios tipos de colonización, en las que el emigrante recibía gratis o a un precio bajo la tierra, animales, herramientas, víveres y materiales de construcción. Otro tipo de colonización contemplaba una concesión privada con el compromiso de explotar la concesión y pagar una cuota a cambio. Como ejemplo de este proceso, los inmigrantes de la Colonia San José, en la Provincia de Santa Fe, en la que viven familias originales de Éscaro, Riaño y La Puerta, recibían de 10  a 6 cuadras de tierra (una cuadra equivalía a 1,5 hectáreas), 100 pesos para objetos de primera necesidad, 4 bueyes, 2 caballos, 2 vacas lecheras con cría o preñadas, madera, leña y manutención durante un año.

    La fotografía es de 1910 y corresponde a los primeros asentamientos de emigrantes españoles en el Sur de la    Provincia de Buenos Aires. Recibieron los materiales de construcción para sus viviendas y construyeron como sabían, como siempre habían hecho en su tierra.


Otro buen ejemplo de Colonización, y con representación montañesa, lo tenemos en Lobería, una ciudad al Sur de la Provincia de Buenos Aires, cuya fundación oficial fue en 1891. Lobería era un descampado en plena Pampa que se fue poblando de emigrantes, entre ellos gente de Burón, de La Puerta, Riaño, dueños de concesiones que, mediante la propia organización de comisiones entre vecinos, fueron levantando almacenes, escuelas y otros edificios públicos. Lobería en la actualidad ronda los 13.000 habitantes. Tandil, Tres Arroyos, Balcarce, San Manuel, Rauch, Laprida son otras lugares con representación montañesa.


Lugares en donde se instalaron familias de Éscaro, Riaño y La Puerta



MIGUEL A. VALLADARES ÁLVAREZ






martes, 30 de octubre de 2018

PA’ LA CAMA, NINES.



PA’ LA CAMA, NINES.

En las largas y frías sucesiones de tardes y noches de otoño e invierno el tiempo discurría lentamente al calor de la permanente lumbre que caldeaba las cocinas de cualquier casa de nuestros pueblos montañeses: algún rapacín tumbado en la templada trébede, varones adultos respanchinaos en el escaño, mujeres “aprovechando el tiempo” (siempre haciendo alguna tarea) y otros componentes de la familia sentados alrededor de una mesa. 

De vez en cuando, surgía algún momento propicio para efectuar diversas actividades en familia y, en ocasiones, se aprovechaba para transmitir conocimientos y cultura de los padres y abuelos (era habitual que conviviera alguno en el hogar) a sus descendientes. En el caso de los ancianos su papel ha sido fundamental para divulgar nuestras tradiciones oralmente, pero he notado que cada uno tenía sus cometidos: los varones solían contar historias y anécdotas, mientras las mujeres se centraban más en oraciones y canciones, aunque todos practicaban las adivinanzas y acertijos, con la clara finalidad de fomentar la inteligencia de sus vástagos (evidente afán de ser superados), además de trabalenguas para corregir algún defecto del habla. A veces, mi abuela me exigía demasiado:
Debajo un carro, había un perro;
vino otro perro y le mordió el rabo;
¡pobre perrito!, ¡cómo lloraba!, por su rabito.



Aún recuerdo a mi madre, con su hijo pequeño sentado sobre las rodillas y agarrado por sus manos, moviéndole hacia adelante y atrás, mientras le cantaba:
Aserrín, aserrán, 
maderitos de San Juan,
los del rey, sierran bien, 
los de la reina, también,
los del duque, maderuque, uque, uque, uque….

Cuando ya estaba medio mareado, le cogía en brazos y susurraba una preciosa nana al tiempo que le balanceaba suavemente y le miraba con esa ternura propia de las mamas:
Este niño tiene sueño,
tiene ganas de dormir,
un ojito tiene cerrado
y el otro no lo puede abrir.
Ea, Ea, Ea,…
Duérmete mi niño,
duérmete mi sol,
duérmete pedazo
de mi corazón.
Ea, Ea, Ea,…

Una vez dormido en su regazo, nos invitaba, a los dos hijos mayores, a trasladarnos al piso superior (“pa’ la cama, nines”) y allí proceder al ritual de acostarse; nos hacía recitar dos sencillas oraciones que nos infundieran seguridad y tranquilidad durante el sueño. A Miguel Ángel le tocaba ésta: 
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
cuatro angelitos que me la guardan:
dos a la cabeza, dos a los pies
y la virgen mi compañera es.
Y a mí otra muy conocida:
Ángel de mi guarda, dulce compañía,
no me desampares ni de noche ni de día,
no me dejes solo que me perdería.



He de reconocer que a veces (incluso por el día) miraba a mi alrededor para comprobar su posible presencia en las inmediaciones.

Posteriormente, nos solicitaba recitar juntos una jaculatoria que solía ser objeto de chaza por mi nombre:
Jesusito de mi vida
eres niño como yo,
por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón;
tómalo, tuyo es y mío no.
Y para finalizar, un escueto rezo que dio origen a un famoso chiste:
Con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
con la Virgen María
y el Espíritu Santo.

Algunas noches, el chiquitín se despertaba; entonces, mi madre se colocaba al lado de la cuna y, mientras la mecía, le cantaba suave y dulcemente una relajante nana religiosa:
Arrorró corderito divino,
arrorró corderito de amor.
Así le cantaba la virgen
a Jesús nuestro redentor.
Ay lala lala…
Arrorró corderito divino,
arrorró corderito de amor,
arrorró duérmete vida mía,
arrorró duérmete corazón.
Así le cantaba María
a Jesús, nuestro redentor.
Ay lala lala...

Siguiendo este protocolo, cualquier madre o abuela acababa cansada y, por tanto, había que dormirse o hacerse el dormido para que no me canturrearan en tono airado e, incluso, amenazante:
Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te llevará.
Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).


miércoles, 3 de octubre de 2018

NUESTROS EMIGRANTES (2) TOMÁS ROJO Y PAULA RODRÍGUEZ

NUESTROS EMIGRANTES

TOMÁS ROJO Y PAULA RODRÍGUEZ


Tomás Rojo Valbuena había nacido en Riaño hacía 1839, y en 1865 se casó en La Puerta con María Álvarez Álvarez, hija de Andrés Álvarez y Beatriz Álvarez, ambos residentes en La Puerta.

María Álvarez Álvarez había nacido en La Puerta en 1841, era la mayor de varios hermanos: Atanasio nacido en 1847, que más tarde se casaria con María González, natural de Riaño, abuelos de Ludivina, Felicidad, Priscila, Francisco "El Americano", Atanasio, María, Flora y Nieves. Otro de sus hermanos fue Simón nacido en 1849, del que nada más sabemos; Isidoro nacido en 1852, no se casó y falleció en La Puerta en 1937 a los 85 años de edad. El último hermano registrado fue Miguel Álvarez Álvarez, nacido en 1859, y más tarde casado con la tía Jerónima, y padres entre otros de Eloy, casado con Genoveva; Simón, María y Domitila, casada esta con el tío Fermín.

Tomás Rojo y María Álvarez se casaron en 1865, ella acababa de tener un hijo de soltera, Fidel Álvarez, que fallecio prontamente. Ya casados enseguida tuvieron descendencia y mala suerte, ya que al nacer su hijo Fidel Rojo Álvarez, fallecía ella en el parto.

Fidel Rojo Álvarez se casaría más tarde con María Antonia Díez Domínguez, fruto de cuyo matrimonio nacerían María Rosario (1891) y Socorro (1893), origenes de las familias de Fabriciano, Emilia, Julio, Fidel y Araceli en el caso de Mª Rosario y de Felicidad, Natividad, Esther, Elpidio y Fabio en el caso de Socorro. Fidel murió a los 27 años, antes de que naciera su segunda hija.

Hoja del Censo de 1895

Tras fallecer su primera esposa Tomás se volvió a casar en La Puerta, en este caso con Paula Rodríguez Pedrosa, nacida en La Puerta en 1847, e hija de José Rodríguez Valbuena y de Petra Pedrosa Álvarez. El matrimonio tiene registrados en La Puerta hasta 10 vástagos: Fructuoso 1873; Paula 1877; Margarita 1878; Cipriano 4879; Facundo 1880; Simón 1881; Estefanía 1882; Pedro 1883; Macario 1884 y una segunda Estefanía en 1886. Algunos de estos fallecieron prontamente, al menos tenemos conocimiento del fallecimiento de las dos Estefanías. Si tenemos en cuenta el censo de Argentina de 1895 también faltan algunos más que no residen con el matrimonio por entonces, en algunos casos, como Margarita, que ya figura casada en dicho año y residente en la misma localidad que sus padres.

Lugar donde se instalaron Tomás y Paula

Desconozco la fecha exacta en la que esta familia cruzó el charco, pero teniendo en cuenta que su hija Estefanía es bautizada en La Puerta en febrero de1886 y que su hija Cesaria nacía en Argentina en 1887 parece indicar que marcharon durante el mismo año 1886.

Tomás y Paula ya figuran en el Censo Nacional de Argentina de 1895, por entonces residían en la Pampa Central, no figuran con oficio, sino como hacendados, por lo cual intuyó que fueron agraciados con el reparto de tierras que llevó a cabo el gobierno argentino. Con ellos viven, a tenor de dicho Censo, sus hijos Fructuoso, al que 1903 se le reclama en España para hacer el servicio militar, Simón, Cesaria y Francisco.

Estos dos últimos ya nacieron en Argentina: Cesaria en 1887, y Francisco en 1890, por lo que en el momento del Censo tenían respectivamente 8 y 4 años. Sin noticias de los demás hijos, pudiera ser que alguno falleciera, o que ya no vivieran con sus padres, a excepción de lo ya sabido de Margarita; Paula ya contaba o contaría con 18 años; Cipriano 16; Facundo 15; Pedro12 y Macario con 11 años.



Poco más sabemos de esta familia, aparte de este Censo, en la que ninguno de sus integrantes volvio a la tierra de donde eran originales. Por los archivos argentinos a los que he podido acceder, tan solo tenemos alguna noticia de dos de sus hijos: Francisco, el pequeño de la saga, y de Simón.

Cédula de la boda de Simón Rojo Rodríguez

Simón Rojo Rodríguez se casó en 1910 con Josefa Maina, de origen italiano en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Ciudad de General Acha, Capital del Departamento de Utracán en la Pampa Argentina, por la cédula de su matrimonio sabemos que residía en el pueblo de Quehué, al norte de la Capital. Así mismo, consta en el libro de bautizos de la iglesia de General Acha el nacimiento de tres de sus hijas, Francisca y Clara Rojo Maina, bautizadas ambas el 26 de febrero de 1910 y Cesaria en 1914.

Registro matrimonio de Francisco Rojo Rodríguez

Francisco, el hijo menor, se casaba el 26 de abril de 1912 con Lucia Bi Biase, de descendencia también italiana, fue testigo de su boda su hermano Fructuoso. El matrimonio que residía en la localidad de Ataliva Roca, cerca de su hermano Simón, tiene al menos bautizados en en la parroquia de Santa Rosa al menos 4 hijos: Adela en 1914; Antonia en 1915; Francisco en 1916 y Fructuoso en 1917.

Quehué y Atavliba Roca, localidades donde residieron los hermanos Rojo Rodríguez.

MIGUEL A. VALLADARES ÁLVAREZ

















lunes, 1 de octubre de 2018

LA DORMIDA EN EL PRAO CERRAO.



V. LA DORMIDA EN EL PRAO CERRAO.

Durante la comida, mi padre ha comentado que esta noche viene un rebaño a dormir al “prao cerrao” o “prao de los panaderos”; esta novedad la compartimos con otros niños del pueblo y resulta que otro pernoctará en el prao de El Reorco de mi tío Francisco. Decidimos acudir a recibirlos pero hay que ir con tiempo pues en octubre los días son más cortos; Luismi, Paco, Miguel Ángel y yo, también nos acompañan los más pequeños, Ramón y Vicente (además de otros niños del pueblo: Javi, Anselmo, Alberto, etc.) cogemos el pendingue por la carretera (ha llovido y las praderas están mojadas), llegamos a curva de La Calcada y divisamos una gran mancha clara que avanza lentamente por encima de San Cipriano. Aceleramos el paso, transitamos por la recta de Éscaro y tomamos el primer camino a la derecha, hacia Camiñón, para interceptar el ganado y conducirlo hasta el lugar de la dormida.



Contactamos con el compañero, que marcha al frente de la gran manada, y nos ofrecemos como guías temporales; el pastor agradece nuestro ofrecimiento y contesta amablemente al interrogatorio habitual: cuántas traéis (1.400 cabezas), de dónde venís (de Peñarrubias, en Maraña), de dónde eres, etc. Le informamos que el predio rústico se ubica al otro lado de la carretera y podemos ir libremente por las fincas (ya han dado las derrotas); las personas avanzamos por el camino mientras el ganado se extiende por los pastos en busca de brotes retoñados, hasta que llegamos a la carretera donde se monta un dispositivo especial para cruzarla: tres chicos a cada uno de lados de la carretera (detener los vehículos y dirigir las reses hacia la empinada rampla descendente) y otros tres en el camino de El Reorco (evitar que se escapen y obligarlas a ingresar en el cercado); mi tío, que se espera en la entrada, da la bienvenida al cabecilla y ambos se apartan para facilitar el hospedaje de las merinas en el nuevo asentamiento. En la conversación le oigo exclamar al forastero: ¡pero, Quico, cuántos ayudantes tienes!; mi tío le responde: “ya ves, casi todo el pueblo, menos mal que no les tengo que dar de comer a todos”. 

Finalizada la operación de encierro, observamos que otro rebaño se aproxima por Piedras Blancas y salimos a su encuentro por si fuera el acordado para alojarse en el prao que lleva mi padre. Efectivamente, el rabadán le había confirmado al pastor que el propietario es un tal Antonio y la finca se halla al lado del pueblo, después del parador, a la derecha de la carreta y justo al lado de un puentín de tablas (“no hay pérdida”). No obstante, para reducir el riesgo, nos ofrecemos a ejercer de guías y acompañarle hasta su destino, circulando por encima de La Calcada, camino de Los Cotorros, trasera de la casilla del caminero, vadeo del arroyo San José, veredas bajeras del parador y descender por el desvío turístico hasta La Revisquera (ojo al pasar la carretera).



El compañero nos cuenta que han salido, esta mañana, de La Uña, donde han pasado el verano a la brigada de la Peña Ten, en el puerto de La Fonfría; después se interesa por la situación del prado y le informamos que está complementen cerrado; ello implica menos trabajo (no hay que extender redil de cuerdas) y les ofrece mayor tranquilidad a la hora de proteger los animales. Además, unos días antes habíamos tapado los huecos con salgueras cortadas de la cerradura y trenzadas formado una tupida barrera. Por otra parte, al estar en las proximidades del núcleo habitado, no hay peligro de que se acerquen los lobos y el equipo pastoril tendrá que caminar un trecho menor después de una opípara cena en casa del anfitrión local (el vino y los licores también suelen afectar).

En interesante conversación, hemos llegado al inicio del desvío al parador donde nos disponemos a realizar el operativo final: un asistente a cada sentido de la carretera para dirigir las reses hacia la presa (podrán saciar su sed) y encaminarse hacia el puente de La Revisquera (sin volver a la carretera); otros dos ayudantes se situarán en el puente (uno encima y otro al fondo, para que no se escapen “presa abajo” y vayan a la derecha) y otros dos colaboradores en el camino de El Regachín cuya misión es obligarlas a introducirse en su albergue campero.

Es un espectáculo singular verlas entrar, enfiladas, arrimarse al fondo, acostadas sobre la hierba, escuchar los sonidos nocturnos (cencerros, esquilas, balidos de corderines, et.), salir por la mañana, observar a los pastores como manejan la vara con gancho, etc.
Y ahora el equipo degustará una cena especial en casa del anfitrión, excepto uno de los pastores que siempre permanece en vela, protegiendo su valioso producto y bien escoltado por su escuadrilla de robustos y adiestrados mastines de majada.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

viernes, 14 de septiembre de 2018

NUESTROS EMIGRANTES MARÍA ANTONIA Y EUDIVIGES FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ



NUESTROS EMIGRANTES
MARÍA ANTONIA Y EUDIVIGES FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ
BALCARCE (PROVINCIA DE BUENOS AIRES)

María Antonia y Eduviges Fernández Rodríguez nacieron en La Puerta, eran las menores de 5 hermanos, sus padres Juan Fernández Pérez y Gertrudis Rodríguez Burón eran naturales de La Puerta. Tanto Juan Fernández, nacido en 1819, como Gertrudis, nacida en 1815, provenían de familias con un largo arraigo en el pueblo, sus ancestros, ya residían en el lugar en los tiempos en los que se llevó a cabo el Catastro de Ensenada allá por 1752.

                                       Fotografia de Alexander Wetmore del Barrio de Abajo de La Puerta

Según la documentación existente, acta de defunción de alguno de sus hijos, es posible que habitaran en el  Barrio de Abajo; allí fueron naciendo sus hijos: Juan Antonio en 1844; Fidel en 1846; María Magdalena en 1848, Mª Antonia en 1852 y Eudiviges en 1854. De todos ellos, de los que más documentación he encontrado es de las tres hermanas: Mª Magdalena, Mª Antonia y de Eudiviges. Magdalena se casó Baltasar Alonso Díez, natural de Riaño, a la postre los padres del tío Eugenio Alonso (casado con Anselma Álvarez, descendientes suyos actuales son Anselmo y Alberto), de la tía Faustina, luego casada a su vez con Teodoro Mancebo, y de Juliana, ninguna de estas dos hermanas tuvieron descendencia. Mª Antonia y Eudiviges emigraron a Argentina, y a estas dos serán a las que dedicaremos este post.

De María Antonia desconocemos la fecha en la que emigró, sabemos por los registros de la Iglesia de La Puerta que en 1872 tuvo una hija de soltera, María Fernández Rodríguez. Desgraciadamente la niña falleció a los cuatro años de edad, y aquí desaparece cualquier noticia de ella en La Puerta. Sabemos que se trasladó a Argentina, en donde en 1893 y 1895 aparece apadrinando a dos de sus sobrinos, hijos de su hermana Eduviges, a Manuel en 1893 y a Balbino en 1895. En estos registros parroquiales María Antonia figura residiendo, al igual que su hermana, en Balcarce, en el Cuartel 1º.

Eduviges se casó en La Puerta el 13 de septiembre de 1879 con Simón Valbuena Canal, nacido en 1855, natural de Éscaro e hijo de José Valbuena y María Canal, ambos nativos de Vegacerneja aunque por entonces residían en Éscaro. Dos ilustres portenses figuran como testigos del enlace matrimonial José Gutiérrez y Cecilio Moreno.

Registro de la boda de Simón y Eduviges

Simón y Eduviges parece ser que tenían claro su futuro y tan pronto como se unieron en matrimonio, a modo de viaje de novios, cruzaron el charco y emigraron a Argentina en donde ya residían en 1880, año en el nacería su primer descendiente Félix Valbuena Fernández.

                                            Registro del censo de 1895 del cuartel 08 de Balcarce

Según el Censo Argentino de 1895, la familia residía en Balcarce, una población rural de la Provincia de Buenos Aires, población que se había fundado alrededor de 1876. El gobierno argentino había abierto la puerta a la emigración, el efecto llamada surtió efecto y fueron muchas las familias de la montaña que emigraron. Allí se les dio tierras, animales de trabajo, de producción, materiales de construcción, semillas y manutención hasta la primera cosecha. Otros llegaron más tarde y encontraron acomodo trabajando para en diversos oficios dentro de estas comunidades. Este último es el caso de Simón y Eudiviges, ya que en algún documento figura como criado y con oficio de pastor.
Según este censo elaborado en Balcarce el 10 de mayo de 1895, Simón y Eudiviges vivían en el Cuartel 08 de Balcarce, en ese momento la familia, además del matrimonio, la completaban sus hijos Félix de 15 años; Antonio de 12; Josefa de 10; Juana de 9; Dionicia de 6 y Elena de 4 años. 

Registro de bautismo de Ángela Valbuena Fernández

En total figuran 6 hijos, aunque el mismo documento censal señala que ha tenido 8 hijos. A esto hay que sumar que posteriormente al censo la pareja aún tuvo al menos 2 hijos más. Investigando a esta familia surgen algunas dudas en relación al número de hijos, bien sea porque algunos sean nombres compuestos, porque en ese momento no residieran allí, lo cierto es que consultando los archivos de las parroquias de Balcarce y Ayacucho, ambas en la Provincia de Buenos Aires, en donde fueron bautizados algunos de sus hijos la relación parece más larga.

Registro bautismo de Agapito Valbuena Fernández


El primogénito Félix que tenía 15 años en el momento de la elaboración del censo debió nacer en 1880, de este no aparece nada en los archivos bautismales consultados; El segundo, según el libro de bautismos de Ayacucho, fue Braulio, nacido en 1882, al figurar en el censo en segundo lugar Antonio, nacido en 1883, es posible que Braulio falleciera antes de 1895. En 1884 nacía su primera fémina: Romana Valbuena, nacida en 1884, que como se puede apreciar no figura en el censo, aunque Romana vuelve a aparecer como madrina de otro de sus hermanos en 1897. 

Registro bautizo Balbino Valbuena Fernández

La cuarta, si damos por hecho el fallecimiento de Braulio, sería Josefa, nacida en 1885 y mencionada en el censo, sin embargo consultando el libro de bautismos de la parroquia de Balcarce en 1885 nace María, que no figura en el censo, en el documento se indica como la cuarta hija del matrimonio, lo que bien pudiera ser un nombre compuesto María Josefa, y al ser la cuarta certificaría la defunción de Braulio. 

Registro bautizo de Ceferino Valbuena Fernández

Nacida en 1886 y con 9 años figura en el censo Juana, que en teoría debería ser la quinta, pero como tal, la quinta, aparece según la documentación de la parroquia de Balcarce Ángela que no figura en el censo. Otro galimatías es el caso de Dionicia y Emeterio, ambos, según censo y registro parroquial, nacidos en 1889, Emeterio no figura en el censo, sin embargo en su hoja bautismal aparece años más tarde casándose con una tal Maximina. Agapito es el siguiente si nos atenemos a la documentación parroquial, que tampoco figura en el censo, éste habría nacido en 1890, y no se trata de que su ausencia en el censo se debiera a un pronto fallecimiento, ya que en 1918 contrae matrimonio con Petrona Villanchino.

Registro bautizo Emeterio Valbuena Fernández

La última en aparecer en el censo de 1895 es Elena, nacida en 1891, que en el momento de su elaboración tiene 4 años, sin embargo debiera aparecer Manuel nacido en 1893 y bautizado en Ayacucho, que por entonces debiera tener 2 años. 

Registro bautizo Manuel Valbuena Fernández

Como ya se indicó anteriormente Simón y Eudiviges aún tuvieron 2 rapaces más después de 1895: Balbino en el mismo 1895 y Ceferino en 1897. En total, entre censo y archivos parroquiales salen 15 hijos, 14, en el caso de que como ya he indicado, María y Josefa sean en realidad una solo persona.

Registro bautizo de María Valbuena Fernández 


Registro bautizo Romana Valbuena Fernández

Simón  y Eduviges Fernández Rodríguez fallecieron ambos en Balcarce, su tierra de acogida. Eduviges falleció el 24 de febrero 1921 a los 67 años de edad.  


MIGUEL ÁNGEL VALLADARES ÁLVAREZ