sábado, 26 de mayo de 2018

EL PASTORÍN DE BORÍN.


EL PASTORÍN DE BORÍN.

A primera hora del día, mi madre me ha encargado ir a casa de Flora “por una botella de vino y otra de gaseosa” antes de que me “vaya de correate y ya no me vea el pelo”. Al llegar al comercio, observo un borrico con alforjas, atado al manzano que se halla enfrente. Dentro de la dependencia habilitada como tienda (a la derecha del portal) veo a un chaval de unos 12 años, le atiende Conchita (la hija pequeña, siempre con una sonrisa en la boca… vale para atender al público), y le pregunto al rapaz quién es pues no me suena su cara; me comunica que su nombre es Antonio, aunque todos le llaman Toñín, y es el motril de los pastores que están en el puerto de Borín. No calza las zapatillas deportivas habituales (azules con suela blanca) sino unas chirucas (botas de serraje y lona, modelo único de la época) y viste un pantalón largo (no corto).




Encima del mostrador permanece una lata de aceite de Ybarra de 3 litros (ésta acabará reutilizada como cuerna), cinco botellas de vino de litro (¿devolverá los cascos estando tan lejos?), diez latas de agujas (pescado para mezclar en ensalada o comer solas), una lata de pimentón (¿para qué será?), tres kilos de azúcar, una botella de vinagre y una caja de colacao porque quiere cambiar su desayuno diario a base de migas por colacao migao (le sobra leche de oveja).

Pago mis bebidas a la alegre vendedora y le ayudo al joven a trasladar las mercancías hasta las alforjas del asno, que nos vigila de reojo y a veces se aleja, como transmitiendo que interrumpamos la carga. Después le pregunto a Toñín si tiene que hacer más recados y, tras negarlo, me solicita que le indique el camino de regreso; le propongo que, mientras llevo mis compras a casa, vaya andando hacia El Regachín, que luego le alcanzo; así lo hacemos y volvemos a juntarnos a la altura de la cuadra de Gundo; el burrín no pierde el tiempo y pace la hierba crecida a orilla del camino.

A continuación avanzamos por el camino de las eras y mientras me va explicando que sólo trabaja los meses de verano, “cuando no tenemos escuela y mi padre me ha dicho que haga todo lo que me mande el pastor y me fije bien cómo hace él las cosas, para que aprenda el oficio”. Lleva dos semanas en la majada de Borín y se queja de que los días se hacen muy largos, conversa poco con el compañero (cada uno atiende sus obligaciones), casi siempre comen lo mismo, no paran en todo el día y acaba tan cansado que duerme “como un rey” sobre un camastro de escobas, aunque poco tiempo ya que se levantan al amanecer.

A la altura del gallinero de Genoveva se trata el asunto de la comidas y,  en primer lugar, resalta que todos los gasto corren a cuenta del amo; “ mi primera tarea consiste en hacer lumbre para cocinar el desayuno e ir a por leña, si no la hubiere;  después recojo agua de la fuente del bebedero (aprovecho para “lavarme como un gato”) y posteriormente ordeño una cabra (a veces, dos), cuya leche será el añadido esencial para mis preferidas migas canas, aunque, si cuento con chocolate o miel las hago mulatas o meladas, para variar; pero también me salen estupendas las tradicionales, con chorizo, torreznos, la carne que atropo, etc.” Esta noche, la cena será diferente y constará de un exquisito guiso de carne de cordera, que se despeñó ayer (“ya estaba cansado de cenar sopas de ajo todas las noches”). A mediodía, se tira de zurrón (un buen trozo de pan con chorizo, tocino, queso, cecina, etc.) ya que siempre coincide que estamos en el campo, cuidando el ganado. El morral no se separa de la espalda del pastor y del lateral tampoco suele faltar la bota de vino.

En la Puente Chica, el burro se detiene para beber agua del calce; el muchacho me puntualiza que los perros devoran todo lo que pillan, habitualmente una hogaza de pan (media por la mañana y media por la noche) pero hoy también han tenido suerte pues han desayunado una machorra que se murió en circunstancias extrañas, “por algo que comió”, (los pastores solo consumen las reses caídas por causa naturales o accidentalmente).


Sobre el puente de La Escalera (quizás por el influjo de las aguas bravas), me confiesa que la noche le da algo miedo (cada vez menos) y encima cuando coincide con un pastor de Argovejo (empina el codo) le obliga a levantarse por la noche para ver si ha pasado algo en el corral, pero él sale fuera del chozo, se sienta en una piedra, escucha el tintineo habitual de las cencerinas y vuelve a entrar a los 10 minutos “dando novedades, alto y claro”, hecho que le molesta al dormilón, el cual está cansado de repetirle “despiértame sólo si pasa algo”. Por otra parte, Toñín realza que “este señor hace el mejor queso que he comido” aunque a él le toca ordeñar las ovejas y cabras para obtener la materia prima.

Entre el puente y Barroso, por el camino pegado a la peña, reflexiona en alto sobre la figura del motril, llegando a concluir que está de “chico para todo”, es decir, como si fuera el criadín  de la majada, aunque desempeña una función muy importante: “acompañar al pastor y, si le pasa algo, el rebaño no queda abandonado, que el ganado vale muchas perras”. Contar con este ayudante permite a los pastores relevarse cada dos semanas mientras él permanecerá al pie del cañón todo el tiempo (con suerte podrá ir un par de días a la fiesta de su pueblo). 

Por otra parte, (durante la subida por la canal de Barroso) reconoce que cuando llegó al puerto no sabía hacer nada especial y ahora ha aprendido diversas tareas muy útiles para vivir sólo y un oficio con el que ganarse la vida. Este aprendiz espera que el próximo año le asciendan a zagal y así vaya subiendo escalones en su profesión, desde el puesto más bajo hasta llegar al más alto, de mayoral (“¿quién sabe?”), como se comenta de un pastor de Acebedo.

En la cima de la canal, me manifiesta (con aire de resignación) que podrá sobrevivir todo el verano sin ir por su casa; le invito a bajar a nuestro pueblo cuando quiera (“siempre estamos aquí, lo pasamos muy bien”), sea entre semana o domingo, para la fiesta de San Pedro o la de Quintanilla (en Riaño, nunca fallamos), y que no se preocupe, que puede dormir en mi casa o, si lo prefiere, en la portalada o en la cuadra. Muy prudente, el adolescente apunta que precisa autorización del pastor de turno y que si coincide con uno de Caminayo, “que es muy buena gente”, igual hay suerte.

Tengo que regresar o llegaré tarde a comer, aunque estaría durante horas en este alto, disfrutando de este airín y contemplando un paisaje excepcional a cualquier lado que mires. Por último, me confía que le ha gustado este viaje a La Puerta, la semana pasada bajó a Riaño y nadie le habló como yo (incluso, algunos le “miraban con cara de berrugo”). Nos despedimos: “que te vaya bien pastorín”; me responde: “adiós amigo, espero verte la próxima semana” y ahora se dirige al burriquín: “vamos nin”.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

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