domingo, 29 de abril de 2018

LA CUELGA Y SUS COSINAS.



LA CUELGA Y SUS COSINAS.

Es finales de diciembre, hace mucho frio, me despierto muy temprano, exaltado y con cierto nerviosismo porque es mi cumpleaños; me levanto rápidamente y bajo a la cocina donde mi madre me condecora mediante una sencilla cuelga (rosquillas, bizcochos, caramelos, chupachuses) y me felicita con ese cariño que sólo saben transmitir las madres en sus abrazos y caricias mientras te hablan tiernamente. Además, como lo ha considerado un día especial, se ha molestado en preparar unos exquisitos frisuelos, recientes y crujientes, acompañados por deliciosos hormigos, pues la Garbosa ha parido hace un par de días. Desde la puerta de la cocina, vocea los nombres de mis hermanos para que bajen a participar de un desayuno en familia. 



Observo desde la ventana que el blanco cubre todo, ha caído una copiosa nevada, mi padre abre una vereda con la pala hacia la vía central, donde otros vecinos también espalan en varias direcciones. Ahora mi madre se dirige a la puerta de la casa, procede a su apertura e invita a su marido: “Toño, a desayunar”. De inmediato, mi papá clava la herramienta en la capa nívea, se mete en casa y se hace el sorprendido: “¡coño! se me había olvidao… ¡Muchas felicidades hijo! ¡Que cumplas muchos más y que lo celebremos juntos!” (mientras me tira ocho veces de las orejas).

Tras el primer banquete del día, me dirijo, corriendo, a casa de mis padrinos por el camino excavado en la nieve, cuya altura supera mi estatura. Mis primos no se han levantado ninguno, mi tía Carmen está preparando una gran cazuela de colacao con pan migao y me sirve una ración (“sólo un poco, pa no eslenguar”, le digo): coge un cucharon, lo introduce en ese voluminoso recipiente y extrae una generosa cantidad del delicioso manjar, que degusto sentado en la mesa de la cocina (las madres y abuelas nunca hacen caso cuando les dices que echen poca cantidad; bueno, algunas veces se lo agradecíamos pues lo manifestábamos “por educación”). Al poco rato, oigo el chasquido de las madreñas al descalzarse; es mi tío Francisco, el cual porta un balde blanco de leche y media cuerna en la otra mano. Me da unos consejos en agradable conversación y una generosa propina en metálico (nunca le olvidaré).

Ahora tengo que ir a ver a mi abuela, pero al salir me encuentro con mis tíos Laureano (viene de ordeñar, transporta un bidón en la carretilla) y le acompaña su mujer, Paz (porta una cuerna vacía en cada mano); el primero me grita: “¡felicidades rosio!” (así me llama cariñosamente) y mi tía me dice: “¡felicidades monin! y, cuando se te acaben los dulces, pasas por casa para colgar unas rosquillas y más caramelos”.



Al pasar por delante de la casa de mi tío Vitorino, me intercepta mi tía América que me felicita alegremente (“¡felicidades rapacín¡, ¿cuántos cumples?”) y me da dos besos; posteriormente me agarra de la mano y me introduce en su casa, en la cocina, abre su cartera de las compras, de la cual extrae una peseta (“con este dinero voy a comprar algo para compartir con mis amigos”).

En el camino me encuentro con otros vecinos, los cuales, al verme portando la cuelga bien visible, no les queda más remedio que decirme algo: Andrés (“¡felicidades Jesusín!”), Emilia (“ya eres un mocín”), José, “el cestero” (“felicidades majo, que te vaya muy bien”), Ambrosio (“eres un tío grande”), Julia (“que Dios te de salud para cumplir muchos más”), etc.

Por fin, llego a casa de mi abuelita, que se halla sola en la cocina, sentada en una sillina, al calor de la lumbre; al verme, abre sus brazos, me sienta en su regazo, me abraza tiernamente y da tres efusivos besos en el mismo carrillo. Luego se ausenta unos minutos y regresa con dos monedas de una peseta. Entretanto, habían entrado en la dependencia mi tío Agustín y su esposa, los cuales también me trasmiten sus congratulaciones para terminar con una interesante observación de Ana Mari: “¡pero chacho!, dale una paguina”. Al oír los ruidos, mis priminas, que duermen en la habitación situada encima, se levantan y bajan para felicitarme. Por supuesto, les invito a que arranquen de la cuelga un dulce: Ana coge una rosquilla, Merche toma un bizcocho e Irene desata un chupachus con dificultad.

Después de pasear todo el día la cuelga por ahí, los quintos y aproximados  acabamos en casa-bar Gil, disfrutado de una nuevo capítulo de la fantástica serie “Furia”. A diferencia de otros días (vemos la tele sin consumir nada), hoy nos tomamos una mirinda cada uno, que la vamos recogiendo del mostrador según las va dejando Rosa tras quitarle la chapa. Al pagar la cuenta me devuelven 50 céntimos y le digo a la dueña que nos lo ponga en bolsas de patatas fritas. Pasados unos minutos entran en el establecimiento mis primos Ramonín y Alfredín, reclaman su bebida pero les digo que ya no tengo más dinero; de inmediato, aparece la señora Rosa, les entrega una botellina a cada uno y exclama en alto “que sí, que sobraba un poco de las vueltas” (a la vez me guiña un ojo, sonríe, se da media vuelta y desaparece por la galería).

De noche, en la cama, se mezclan pensamientos y sueños en mi cabeza, pero uno prevalece: “si ahorro muchas pagas me podré comprar un caballo”.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

1 comentario:

  1. una auténtica delicia el relato de tu cumpleaños....rosio...jajajaja(así se dice en leonés la palabra "rojo", que usamos para describir a las personas de pelo claro-rubiete

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