lunes, 14 de diciembre de 2015

¡¡¡YA TENEMOS NIEVE EN LA PUERTA!!!


YA TENEMOS LA NIEVE EN LA PUERTA.
El día de la feria de noviembre fui con mi padre, arreando una vaca que llevaba para venderla; se notaba el frío mañanero al percibir claramente el aliento que exhalaban las personas y las vacas; en pocos días, el blanco que coloreaba las cumbres de montañas y sierra ha ido tiñendo los bosques y valles hasta descender a la puerta de nuestras casas.
Algunas noches de principios de diciembre ha helado lo suficiente para producir una resistente capa sobre los charcos, que abundan por doquier y desgastamos a base de deslizarnos sobre ellos; además de este patinaje practicamos uno de superior calidad en la inmensa pista que se forma en la presa, al lado del puente y  enfrente del lavadero, donde el cauce se ensancha. Aquí coincidimos numeroso amantes de los resbalones (desconocemos eso de las piruetas), nos caemos y nos levantamos, reímos y lloramos, nos golpeamos las piernas (cuidado con las culadas y morradas), alguno hace agujeros para que otros metan la pata, etc.; todos acabamos mojados y con algún moratón (ningún esguince ni rotura).



Y también se crean otros suelos para el deslizamiento donde se acumula agua por cualquier circunstancia, como enfrente de la casa de Leandro, en la esquina donde confluyen la calle del barrio Abajo y la que proviene de la casa de Genoveva. Y refiero ésta, porque hace unos días, patinado con la botas de regar de  mi padre (las típicas verdes), me di un morrazo tremendo (cada vez que recuerdo la escena me duele); por supuesto, no le he dicho nada a mis padres. Eso pasa por utilizar el calzado inadecuado: botas muy grandes, nos llegan a las ingles, no se puede doblar la rodilla, no tienen cuchillas debajo, etc.
También han empezado a caer los primeros copos de nieve, está todo blanco y nada más salir al recreo vamos a mear detrás de la escuela para hacer figuras en la nieve, moviendo diestramente la pirulina. Debido a la capacidad de nuestras vejigas y el frío glacial, esta actividad no se prolongaba demasiado e, inmediatamente, nos vamos a las tierras de El Cuarno para “hacer el santo” repetidas veces. Al volver a la clase nos reunimos alrededor de la estufa, extendiendo las manos por encima de ella.
Pero la actividad que nos presta es el descenso en esquíes o trineo (ambos artesanales) y casi siempre “en recto”, siendo las zonas más habituales el Hoyo de la Cuesta o Prao Cavao. La primera es peligrosa, por la pendiente,pero atractiva por la velocidad que se coge, aunque, en ocasiones, tras lanzarnos por un ribón, aterrizamos encima de una escoba o, como me paso a mí, de un espino con el siguiente resultado: la ropa hecha jirones y sietes, las manos y la cara con numerosas perforaciones y arañazos, duele todo el cuerpo, el trineo en paradero desconocido, etc. Ese día acabé encima de la trébede (castigado sin salir), en calzoncillos, con numerosas marcas de mercromina y se distinguían varias formas de una suela en mis nalgas.
Por supuesto, las guerras de bolas son frecuentes en cualquier escenario (calles, huertos, portaladas, corrales, etc.), respetando las chicas (excepto las que son expertas en el lanzamiento atinado) y edades (algunos mayores hacen las bolas muy duras y hay que parapetarse o esquivarlas). Nos divertimos mucho: unas veces provocando la batalla y otras respondiendo a las agresiones; pero nunca duraban mucho las hostilidades ya que los guantes escaseaban y al finalizar había que echar aliento a las manos o (si no calentaban) entrar directamente a la lumbre. Una vez entonados procedía volver a patrullar las calles en busca de nuevos enemigos o lanzar las bolas a los carámbanos que colgaban de los aleros (esto lo hacíamos para ver quien acertaba con el más grande, aunque también nos preocupaba algo nuestra seguridad).



Una tarde, con anterioridad al día de Navidad, fuimos tres niños (Ramón, Alfredo y yo, pero no estoy seguro), con mi tío Agustín, al pinar para cortar y traer tres árboles de Navidad, una para cada casa (Carmen, Enedina y el susodicho). En el camino de ida nos contó detallados relatos con el oso como protagonista (costumbres, comportamientos agresivos, precauciones, etc.), incluyendo historias reales de enfrentamientos con humanos de los pueblos cercanos y en las que habían resultado heridos o casi muertos. En el trayecto de regreso, bajábamos arrastrando cada uno su árbol y mi tío dice que va a mear detrás de unas escobas, pero que sigamos descendiendo poco a poco (había bastante nieve y estaba oscurecido). Al poco rato, los tres primos, oímos chasquear ramas (inmediatamente pensamos que sería un oso) y, sin mediar palabra, dejamos los árboles y echamos a correr cuesta abajo. Al poco rato, mi tío se descubrió (nos llamaba a gritos) y se desternillaba (alguno dijo: “que tío más tocho”). Por supuesto, ya tuvimos cantinela hasta llegar a casa y fuimos objeto de chanzas en numerosas ocasiones más.
La víspera de Nochebuena pasé por casa de mis tíos para ver el árbol decorado y por el camino me encontré con varias personas, las cuales me decían “Feliz Navidad”. Por la noche, antes de dormir, mi madre nos solía contar cuentos o aventuras (reales e inventados) y le pregunté por qué expresaban alegremente esos deseos de felicidad; su respuesta se basó en la festividad de los días venideros y la importancia de vivirlos en familia. Aquella noche tuve un sueño que se puede resumir así:¡FELIZ NAVIDAD A TODO EL MUNDO!

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

miércoles, 9 de diciembre de 2015

NOTAS SOBRE NUESTROS EMIGRANTES (1)

NOTAS SOBRE NUESTROS EMIGRANTES (1)

JOSÉ PÉREZ DÍEZ e ISIDORO PÉREZ DÍEZ



José Pérez Díez e Isidoro eran hijos de Manuel Pérez Grande y de Leocadia Díez Rodríguez; Manuel era a su vez hijo de Juan Manuel Pérez y Juana Grande, vecinos ambos de Besande. Por su parte Leocadia era hija de Martín Díez y Teresa Rodríguez, los dos de La Puerta. Jose nació en 1885, mientras que Isidoro lo hizó 4 años más tarde, 1889. Para los más despistados, decir que ambos eran hermanos de Leandro.



De José Pérez, poco puedo decir, yo al menos no le conocí, aunque sé que durante un viaje a La Puerta tuvo la desgracia de fallecer a boca de Camiñón. De Isidoro, el padre de Jandra, guardo algún vago recuerdo, recuerdo que se centra en alguna visita junto al abuelo, el Caminero de La Puerta, al prado del Regachín, algún problema con el cierre del prao, el abuelo llevó durante muchos años el capital de Isidoro, así como la cuadra, que más tarde llevaba Marino, el marido de Jandra, junto a casa Marina.

CECILIO RODRÍGUEZ SUERO

Cecilio Rodríguez Suero nació en La Puerta en 1890; era hijo de Simón Rodríguez Pedrosa y de Segunda Suero Valbuena, esta última de Éscaro e hija de Tomás Suero y Rosa Valbuena, ambos de Éscaro; mientras que Simón era hijo de José Rodríguez, de La Puerta y Petra Pedrosa de Éscaro. Cecilio tenía un hermano gemelo Pedro.



Los tres citados, José, Isidoro y Cecilio emigraron prontamente a Estados Unidos, la verdad es que no sé muy bien el medio empleado ya que no figuran en los registros de la Isla de Ellis, lugar por el que pasaban todos los emigrantes que entraban en U.S.A. Lo que sí he podido investigar es algo de lo que fue su estancia en los Estados Unidos.

Dije que prontantamente emigraron ya que los norteamericanos entraron en la 1ª Guerra mundial en 1917, y esta acabó en 1918, y como podemos ver en los documentos que aporto, los tres se presentaron voluntarios para esta guerra. No llegaron a ir, pero me imagino que con este alistamiento mejorarían su estatus en el país. El alistamiento se produce en el Estado de New York, no confundir con la ciudad de su mismo nombre, concretamente en la ciudad de Niagara Falls (1) como observamos en las fichas los tres trabajaban en la misma empresa química Unión Carbide Company, famosa por el desastre de Bopal (la India) en 1894.

(1) Los alistamientos dependían por entonces de los distintos estados y no de gobierno de la nación.

Miguel A. Valladares Álvarez

lunes, 7 de diciembre de 2015

jueves, 3 de diciembre de 2015

LA PUERTA: ¡¡¡VIVA LOS NOVIOS!!!...Y SUS ACOMPAÑANTES




ÉRASE UNA VEZ...LA PUERTA


ÉRASE UNA VEZ… LA PUERTA.
Aunque pueda parecer que voy a contar un cuento, les adelanto que me refiero a un lugar real, donde hemos nacido “los de La Puerta”, que existe en nuestra memoria y que pervivirá mientras nosotros lo recordemos y lo traspasemos a nuestros descendientes, amigos, vecinos, conocidos, etc. Nuestro pueblín se ubica en un entorno incomparable de la Montaña Leonesa, rodeado de grandiosas montañas, verdes bosques, frondoso pastos y fértiles valles, formando paisajes sublimes que han cautivado a numerosos viajeros y turistas que han venido por esos lares.



El núcleo urbano se halla a la orilla de la carretera por la que pasa el coche de línea (hace la ruta diariamente entre León y Acebedo); a un kilómetro de Riaño (el pueblo grande) y tres de Éscaro, situado al final de la recta. Alrededor del pueblo tenemos, al norte, la Vegarriba (Vega de Arriba) y, sur, la Vegabajo (Vega de Abajo); al este, tras la carretera, hay lugares tan significativos como el Salido los Jatos, la Cuesta (famosa por el Hoyo, la Choza, esquí con cartones,…), el puente de la Rebisquera y la fuente de La Canalina (parada obligatoria para los caminantes y muchos vehículos). Y, al oeste, El Sotiquín y el caudaloso río Esla que nos proporciona todo el agua necesaria para regar (praos, huertos y macetas), lavar la ropa, limpiar (cuadras, madreñas y aperos), beber (los animales y muchas personas), pescar (truchas, peces, cangrejos y renacuajos), etc.

Para obtener el agua, se hace un resistente puerto en el río, a la altura de La Marnia; desde aquí, el caudal discurre a través de una cuidada red de presas y calces para retornar, el sobrante, al final de la vega de Bildeo. Dentro del casco urbano, el agua llega por el calce aledaño a la casa de Nati y, a la altura de la iglesia, se divide en tres ramales por medio de otras tantas compuertas, que permiten elegir el caudal y la dirección hacia la Vegabajo, la casa de Agustín o el Barrio Abajo (por la escuela y las casas de Asela y Fermín). El resto del pueblo accede al agua por el arroyo de El Regachín o en la presa que circula en paralelo a la carretera desde La Calcada hasta por bajo El Muro Largo.

El pueblo está dividido en cuatro barrios (el de la carretera, el de Arriba, el de Abajo y el de la Iglesia (Barrio San Pedro), comunicados por tres vías principales: la Gran Vía (cruza la población desde el puente hasta la iglesia), la circunvalación LP-30 (parte de casa de Francisco, pasa por la del cura y confluye con la anterior detrás de la escuela), la Alameda del Cementerio (parte del puente y acaba en dicho lugar). También hay otras calles y callejas que nos sirven para atajar los trayectos, mear contra las paredes, vaciar los orinales, huir de los perseguidores (jugando), etc.

Por supuesto, las calles no están asfaltadas, pero no lo echamos de menos aunque las piedritas y tierra se incrustan como aguijones en las heridas de manos y rodillas; además, si llueve se forman charcos y barro, hay que usar las madreñas, los niños jugamos a saltarlos, nos mojamos, los padres nos regañan (a veces, cae una tunda), etc.; pero cuando se cubre todo de nieve las calles están preciosas y no se percibe el firme del suelo.

Las casas se suelen construir adosadas con la cuadra y la portalada, pero también hay viviendas unifamiliares (María -la madre de Marina-, Piedad), pareadas (Gundo y Modesta, María y Alberto), con parcela (huerto o jardín, como la de Leandro, Asela o Paz), con negocio (Gil, Jandra, Flora), etc.

Las viviendas, en su mayoría constan de dos plantas, cada una con cuatro estancias y sus respectivos ventanales: en la baja se ubican la cocina, un comedor, una bodega o despensa y otro cuarto para almacén; en la superior se habilitan 3 o 4 dormitorios (se corresponden con las estancias inferiores) y por encima el desván. De algunas fachadas sobresalen balcones o galerías y se adornan con plantas de temporada; no obstante, al lado de todas las puertas de entrada se ubica un banco (madera, piedra, cemento) que invita a la charla vecinal en días soleados y a la hora del fresco veraniego, realizar tareas sedentarias (remendar alguna prenda), descansar los abuelos, etc.



En las cuadras (solas, pareadas o adosadas) también encontramos dos plantas: la tenada, en la parte superior, conforma un espacio diáfano, el cual sirve para almacenar la hierba que comerán las vacas en el invierno; en la planta baja hay varios espacios: las aceas (para vacas y terneros), la corredera, el pesebre, las cortes, conejeras y el gallinero. También hay una parte de la corredera usada como letrina, pero sin mobiliario. La puerta de la cuadra carece de cerradura, bloqueándose con un clavijo, al que se accede metiendo la mano por el cuarterón. Como cuadras singulares resalto los toriles (con tres establecimientos individuales para cada animal) y la cuadra del verraco, situada al lado de la casa de Andrés, enfrente de la casa de María, la madre de Ángeles.

Al lado de la cuadra y/o casa no puede faltar la portalada pues tiene una gran utilidad para resguardar el carro, la segadora, los picos, aperos, la leña (trambos, llatas, palos, gromos, serrín) y donde los perros montan su dormitorio. Para los niños es un lugar de juegos cuando hace mal tiempo y para los jovenzuelos se convierte en lugar de reunión y charla, tanto de día como de noche, especialmente la de Eusebio.

Otra instalación, que abastece de agua para beber (sin saber si es potable o no, pero se ha usado siempre), serían los pozos, que se hallan en el interior de la vivienda o en las inmediaciones. De ellos se extrae el agua al modo tradicional o por medio de una bomba de mano que se carga con el tanque, tiene como manguera una cámara de bicicleta y hay que darle al mango, hacia un lado y otro sin parar, hasta llenar el balde.

Tampoco olvido mencionar ciertas construcciones, calificables como singulares: la valiosa iglesia, el dominante parador, la escuela primaria, la colosal sierra, la productiva choricera, la apartada casilla de Ito y Sole, el famoso gallinero de Genoveva, los solitarios invernales de Hormas, el simple chozo de Borín y el imprescindible potro de herrar. Años después se levantará un pilón enfrente de la casa de Francisco.

Otros lugares característicos e inolvidables son: la fuente de la Canalina, el Salido de los Jatos, los puentes (La Escalera, el de la entrada al pueblo, La Rebisquera, el de la bolera) y pontones, la zona de la choza carnavalera, la cuesta enfrente de la casa de Jandra (tirarnos por la pendiente sentados en cartones), las zonas de baños (El Pozo El Canto y El Sotiquín), las eras, incluida la de Marina (también usadas para jugar al fútbol), El Pinar, las cuevas de Campaneo y La Telaya, los aboneros de El Regachín, los praos del toro, etc.


Jesús (el  mediano de Toño y Enedina).