martes, 30 de octubre de 2018

PA’ LA CAMA, NINES.



PA’ LA CAMA, NINES.

En las largas y frías sucesiones de tardes y noches de otoño e invierno el tiempo discurría lentamente al calor de la permanente lumbre que caldeaba las cocinas de cualquier casa de nuestros pueblos montañeses: algún rapacín tumbado en la templada trébede, varones adultos respanchinaos en el escaño, mujeres “aprovechando el tiempo” (siempre haciendo alguna tarea) y otros componentes de la familia sentados alrededor de una mesa. 

De vez en cuando, surgía algún momento propicio para efectuar diversas actividades en familia y, en ocasiones, se aprovechaba para transmitir conocimientos y cultura de los padres y abuelos (era habitual que conviviera alguno en el hogar) a sus descendientes. En el caso de los ancianos su papel ha sido fundamental para divulgar nuestras tradiciones oralmente, pero he notado que cada uno tenía sus cometidos: los varones solían contar historias y anécdotas, mientras las mujeres se centraban más en oraciones y canciones, aunque todos practicaban las adivinanzas y acertijos, con la clara finalidad de fomentar la inteligencia de sus vástagos (evidente afán de ser superados), además de trabalenguas para corregir algún defecto del habla. A veces, mi abuela me exigía demasiado:
Debajo un carro, había un perro;
vino otro perro y le mordió el rabo;
¡pobre perrito!, ¡cómo lloraba!, por su rabito.



Aún recuerdo a mi madre, con su hijo pequeño sentado sobre las rodillas y agarrado por sus manos, moviéndole hacia adelante y atrás, mientras le cantaba:
Aserrín, aserrán, 
maderitos de San Juan,
los del rey, sierran bien, 
los de la reina, también,
los del duque, maderuque, uque, uque, uque….

Cuando ya estaba medio mareado, le cogía en brazos y susurraba una preciosa nana al tiempo que le balanceaba suavemente y le miraba con esa ternura propia de las mamas:
Este niño tiene sueño,
tiene ganas de dormir,
un ojito tiene cerrado
y el otro no lo puede abrir.
Ea, Ea, Ea,…
Duérmete mi niño,
duérmete mi sol,
duérmete pedazo
de mi corazón.
Ea, Ea, Ea,…

Una vez dormido en su regazo, nos invitaba, a los dos hijos mayores, a trasladarnos al piso superior (“pa’ la cama, nines”) y allí proceder al ritual de acostarse; nos hacía recitar dos sencillas oraciones que nos infundieran seguridad y tranquilidad durante el sueño. A Miguel Ángel le tocaba ésta: 
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
cuatro angelitos que me la guardan:
dos a la cabeza, dos a los pies
y la virgen mi compañera es.
Y a mí otra muy conocida:
Ángel de mi guarda, dulce compañía,
no me desampares ni de noche ni de día,
no me dejes solo que me perdería.



He de reconocer que a veces (incluso por el día) miraba a mi alrededor para comprobar su posible presencia en las inmediaciones.

Posteriormente, nos solicitaba recitar juntos una jaculatoria que solía ser objeto de chaza por mi nombre:
Jesusito de mi vida
eres niño como yo,
por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón;
tómalo, tuyo es y mío no.
Y para finalizar, un escueto rezo que dio origen a un famoso chiste:
Con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
con la Virgen María
y el Espíritu Santo.

Algunas noches, el chiquitín se despertaba; entonces, mi madre se colocaba al lado de la cuna y, mientras la mecía, le cantaba suave y dulcemente una relajante nana religiosa:
Arrorró corderito divino,
arrorró corderito de amor.
Así le cantaba la virgen
a Jesús nuestro redentor.
Ay lala lala…
Arrorró corderito divino,
arrorró corderito de amor,
arrorró duérmete vida mía,
arrorró duérmete corazón.
Así le cantaba María
a Jesús, nuestro redentor.
Ay lala lala...

Siguiendo este protocolo, cualquier madre o abuela acababa cansada y, por tanto, había que dormirse o hacerse el dormido para que no me canturrearan en tono airado e, incluso, amenazante:
Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te llevará.
Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).


miércoles, 3 de octubre de 2018

NUESTROS EMIGRANTES (2) TOMÁS ROJO Y PAULA RODRÍGUEZ

NUESTROS EMIGRANTES

TOMÁS ROJO Y PAULA RODRÍGUEZ


Tomás Rojo Valbuena había nacido en Riaño hacía 1839, y en 1865 se casó en La Puerta con María Álvarez Álvarez, hija de Andrés Álvarez y Beatriz Álvarez, ambos residentes en La Puerta.

María Álvarez Álvarez había nacido en La Puerta en 1841, era la mayor de varios hermanos: Atanasio nacido en 1847, que más tarde se casaria con María González, natural de Riaño, abuelos de Ludivina, Felicidad, Priscila, Francisco "El Americano", Atanasio, María, Flora y Nieves. Otro de sus hermanos fue Simón nacido en 1849, del que nada más sabemos; Isidoro nacido en 1852, no se casó y falleció en La Puerta en 1937 a los 85 años de edad. El último hermano registrado fue Miguel Álvarez Álvarez, nacido en 1859, y más tarde casado con la tía Jerónima, y padres entre otros de Eloy, casado con Genoveva; Simón, María y Domitila, casada esta con el tío Fermín.

Tomás Rojo y María Álvarez se casaron en 1865, ella acababa de tener un hijo de soltera, Fidel Álvarez, que fallecio prontamente. Ya casados enseguida tuvieron descendencia y mala suerte, ya que al nacer su hijo Fidel Rojo Álvarez, fallecía ella en el parto.

Fidel Rojo Álvarez se casaría más tarde con María Antonia Díez Domínguez, fruto de cuyo matrimonio nacerían María Rosario (1891) y Socorro (1893), origenes de las familias de Fabriciano, Emilia, Julio, Fidel y Araceli en el caso de Mª Rosario y de Felicidad, Natividad, Esther, Elpidio y Fabio en el caso de Socorro. Fidel murió a los 27 años, antes de que naciera su segunda hija.

Hoja del Censo de 1895

Tras fallecer su primera esposa Tomás se volvió a casar en La Puerta, en este caso con Paula Rodríguez Pedrosa, nacida en La Puerta en 1847, e hija de José Rodríguez Valbuena y de Petra Pedrosa Álvarez. El matrimonio tiene registrados en La Puerta hasta 10 vástagos: Fructuoso 1873; Paula 1877; Margarita 1878; Cipriano 4879; Facundo 1880; Simón 1881; Estefanía 1882; Pedro 1883; Macario 1884 y una segunda Estefanía en 1886. Algunos de estos fallecieron prontamente, al menos tenemos conocimiento del fallecimiento de las dos Estefanías. Si tenemos en cuenta el censo de Argentina de 1895 también faltan algunos más que no residen con el matrimonio por entonces, en algunos casos, como Margarita, que ya figura casada en dicho año y residente en la misma localidad que sus padres.

Lugar donde se instalaron Tomás y Paula

Desconozco la fecha exacta en la que esta familia cruzó el charco, pero teniendo en cuenta que su hija Estefanía es bautizada en La Puerta en febrero de1886 y que su hija Cesaria nacía en Argentina en 1887 parece indicar que marcharon durante el mismo año 1886.

Tomás y Paula ya figuran en el Censo Nacional de Argentina de 1895, por entonces residían en la Pampa Central, no figuran con oficio, sino como hacendados, por lo cual intuyó que fueron agraciados con el reparto de tierras que llevó a cabo el gobierno argentino. Con ellos viven, a tenor de dicho Censo, sus hijos Fructuoso, al que 1903 se le reclama en España para hacer el servicio militar, Simón, Cesaria y Francisco.

Estos dos últimos ya nacieron en Argentina: Cesaria en 1887, y Francisco en 1890, por lo que en el momento del Censo tenían respectivamente 8 y 4 años. Sin noticias de los demás hijos, pudiera ser que alguno falleciera, o que ya no vivieran con sus padres, a excepción de lo ya sabido de Margarita; Paula ya contaba o contaría con 18 años; Cipriano 16; Facundo 15; Pedro12 y Macario con 11 años.



Poco más sabemos de esta familia, aparte de este Censo, en la que ninguno de sus integrantes volvio a la tierra de donde eran originales. Por los archivos argentinos a los que he podido acceder, tan solo tenemos alguna noticia de dos de sus hijos: Francisco, el pequeño de la saga, y de Simón.

Cédula de la boda de Simón Rojo Rodríguez

Simón Rojo Rodríguez se casó en 1910 con Josefa Maina, de origen italiano en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Ciudad de General Acha, Capital del Departamento de Utracán en la Pampa Argentina, por la cédula de su matrimonio sabemos que residía en el pueblo de Quehué, al norte de la Capital. Así mismo, consta en el libro de bautizos de la iglesia de General Acha el nacimiento de tres de sus hijas, Francisca y Clara Rojo Maina, bautizadas ambas el 26 de febrero de 1910 y Cesaria en 1914.

Registro matrimonio de Francisco Rojo Rodríguez

Francisco, el hijo menor, se casaba el 26 de abril de 1912 con Lucia Bi Biase, de descendencia también italiana, fue testigo de su boda su hermano Fructuoso. El matrimonio que residía en la localidad de Ataliva Roca, cerca de su hermano Simón, tiene al menos bautizados en en la parroquia de Santa Rosa al menos 4 hijos: Adela en 1914; Antonia en 1915; Francisco en 1916 y Fructuoso en 1917.

Quehué y Atavliba Roca, localidades donde residieron los hermanos Rojo Rodríguez.

MIGUEL A. VALLADARES ÁLVAREZ

















lunes, 1 de octubre de 2018

LA DORMIDA EN EL PRAO CERRAO.



V. LA DORMIDA EN EL PRAO CERRAO.

Durante la comida, mi padre ha comentado que esta noche viene un rebaño a dormir al “prao cerrao” o “prao de los panaderos”; esta novedad la compartimos con otros niños del pueblo y resulta que otro pernoctará en el prao de El Reorco de mi tío Francisco. Decidimos acudir a recibirlos pero hay que ir con tiempo pues en octubre los días son más cortos; Luismi, Paco, Miguel Ángel y yo, también nos acompañan los más pequeños, Ramón y Vicente (además de otros niños del pueblo: Javi, Anselmo, Alberto, etc.) cogemos el pendingue por la carretera (ha llovido y las praderas están mojadas), llegamos a curva de La Calcada y divisamos una gran mancha clara que avanza lentamente por encima de San Cipriano. Aceleramos el paso, transitamos por la recta de Éscaro y tomamos el primer camino a la derecha, hacia Camiñón, para interceptar el ganado y conducirlo hasta el lugar de la dormida.



Contactamos con el compañero, que marcha al frente de la gran manada, y nos ofrecemos como guías temporales; el pastor agradece nuestro ofrecimiento y contesta amablemente al interrogatorio habitual: cuántas traéis (1.400 cabezas), de dónde venís (de Peñarrubias, en Maraña), de dónde eres, etc. Le informamos que el predio rústico se ubica al otro lado de la carretera y podemos ir libremente por las fincas (ya han dado las derrotas); las personas avanzamos por el camino mientras el ganado se extiende por los pastos en busca de brotes retoñados, hasta que llegamos a la carretera donde se monta un dispositivo especial para cruzarla: tres chicos a cada uno de lados de la carretera (detener los vehículos y dirigir las reses hacia la empinada rampla descendente) y otros tres en el camino de El Reorco (evitar que se escapen y obligarlas a ingresar en el cercado); mi tío, que se espera en la entrada, da la bienvenida al cabecilla y ambos se apartan para facilitar el hospedaje de las merinas en el nuevo asentamiento. En la conversación le oigo exclamar al forastero: ¡pero, Quico, cuántos ayudantes tienes!; mi tío le responde: “ya ves, casi todo el pueblo, menos mal que no les tengo que dar de comer a todos”. 

Finalizada la operación de encierro, observamos que otro rebaño se aproxima por Piedras Blancas y salimos a su encuentro por si fuera el acordado para alojarse en el prao que lleva mi padre. Efectivamente, el rabadán le había confirmado al pastor que el propietario es un tal Antonio y la finca se halla al lado del pueblo, después del parador, a la derecha de la carreta y justo al lado de un puentín de tablas (“no hay pérdida”). No obstante, para reducir el riesgo, nos ofrecemos a ejercer de guías y acompañarle hasta su destino, circulando por encima de La Calcada, camino de Los Cotorros, trasera de la casilla del caminero, vadeo del arroyo San José, veredas bajeras del parador y descender por el desvío turístico hasta La Revisquera (ojo al pasar la carretera).



El compañero nos cuenta que han salido, esta mañana, de La Uña, donde han pasado el verano a la brigada de la Peña Ten, en el puerto de La Fonfría; después se interesa por la situación del prado y le informamos que está complementen cerrado; ello implica menos trabajo (no hay que extender redil de cuerdas) y les ofrece mayor tranquilidad a la hora de proteger los animales. Además, unos días antes habíamos tapado los huecos con salgueras cortadas de la cerradura y trenzadas formado una tupida barrera. Por otra parte, al estar en las proximidades del núcleo habitado, no hay peligro de que se acerquen los lobos y el equipo pastoril tendrá que caminar un trecho menor después de una opípara cena en casa del anfitrión local (el vino y los licores también suelen afectar).

En interesante conversación, hemos llegado al inicio del desvío al parador donde nos disponemos a realizar el operativo final: un asistente a cada sentido de la carretera para dirigir las reses hacia la presa (podrán saciar su sed) y encaminarse hacia el puente de La Revisquera (sin volver a la carretera); otros dos ayudantes se situarán en el puente (uno encima y otro al fondo, para que no se escapen “presa abajo” y vayan a la derecha) y otros dos colaboradores en el camino de El Regachín cuya misión es obligarlas a introducirse en su albergue campero.

Es un espectáculo singular verlas entrar, enfiladas, arrimarse al fondo, acostadas sobre la hierba, escuchar los sonidos nocturnos (cencerros, esquilas, balidos de corderines, et.), salir por la mañana, observar a los pastores como manejan la vara con gancho, etc.
Y ahora el equipo degustará una cena especial en casa del anfitrión, excepto uno de los pastores que siempre permanece en vela, protegiendo su valioso producto y bien escoltado por su escuadrilla de robustos y adiestrados mastines de majada.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).

viernes, 14 de septiembre de 2018

NUESTROS EMIGRANTES MARÍA ANTONIA Y EUDIVIGES FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ



NUESTROS EMIGRANTES
MARÍA ANTONIA Y EUDIVIGES FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ
BALCARCE (PROVINCIA DE BUENOS AIRES)

María Antonia y Eduviges Fernández Rodríguez nacieron en La Puerta, eran las menores de 5 hermanos, sus padres Juan Fernández Pérez y Gertrudis Rodríguez Burón eran naturales de La Puerta. Tanto Juan Fernández, nacido en 1819, como Gertrudis, nacida en 1815, provenían de familias con un largo arraigo en el pueblo, sus ancestros, ya residían en el lugar en los tiempos en los que se llevó a cabo el Catastro de Ensenada allá por 1752.

                                       Fotografia de Alexander Wetmore del Barrio de Abajo de La Puerta

Según la documentación existente, acta de defunción de alguno de sus hijos, es posible que habitaran en el  Barrio de Abajo; allí fueron naciendo sus hijos: Juan Antonio en 1844; Fidel en 1846; María Magdalena en 1848, Mª Antonia en 1852 y Eudiviges en 1854. De todos ellos, de los que más documentación he encontrado es de las tres hermanas: Mª Magdalena, Mª Antonia y de Eudiviges. Magdalena se casó Baltasar Alonso Díez, natural de Riaño, a la postre los padres del tío Eugenio Alonso (casado con Anselma Álvarez, descendientes suyos actuales son Anselmo y Alberto), de la tía Faustina, luego casada a su vez con Teodoro Mancebo, y de Juliana, ninguna de estas dos hermanas tuvieron descendencia. Mª Antonia y Eudiviges emigraron a Argentina, y a estas dos serán a las que dedicaremos este post.

De María Antonia desconocemos la fecha en la que emigró, sabemos por los registros de la Iglesia de La Puerta que en 1872 tuvo una hija de soltera, María Fernández Rodríguez. Desgraciadamente la niña falleció a los cuatro años de edad, y aquí desaparece cualquier noticia de ella en La Puerta. Sabemos que se trasladó a Argentina, en donde en 1893 y 1895 aparece apadrinando a dos de sus sobrinos, hijos de su hermana Eduviges, a Manuel en 1893 y a Balbino en 1895. En estos registros parroquiales María Antonia figura residiendo, al igual que su hermana, en Balcarce, en el Cuartel 1º.

Eduviges se casó en La Puerta el 13 de septiembre de 1879 con Simón Valbuena Canal, nacido en 1855, natural de Éscaro e hijo de José Valbuena y María Canal, ambos nativos de Vegacerneja aunque por entonces residían en Éscaro. Dos ilustres portenses figuran como testigos del enlace matrimonial José Gutiérrez y Cecilio Moreno.

Registro de la boda de Simón y Eduviges

Simón y Eduviges parece ser que tenían claro su futuro y tan pronto como se unieron en matrimonio, a modo de viaje de novios, cruzaron el charco y emigraron a Argentina en donde ya residían en 1880, año en el nacería su primer descendiente Félix Valbuena Fernández.

                                            Registro del censo de 1895 del cuartel 08 de Balcarce

Según el Censo Argentino de 1895, la familia residía en Balcarce, una población rural de la Provincia de Buenos Aires, población que se había fundado alrededor de 1876. El gobierno argentino había abierto la puerta a la emigración, el efecto llamada surtió efecto y fueron muchas las familias de la montaña que emigraron. Allí se les dio tierras, animales de trabajo, de producción, materiales de construcción, semillas y manutención hasta la primera cosecha. Otros llegaron más tarde y encontraron acomodo trabajando para en diversos oficios dentro de estas comunidades. Este último es el caso de Simón y Eudiviges, ya que en algún documento figura como criado y con oficio de pastor.
Según este censo elaborado en Balcarce el 10 de mayo de 1895, Simón y Eudiviges vivían en el Cuartel 08 de Balcarce, en ese momento la familia, además del matrimonio, la completaban sus hijos Félix de 15 años; Antonio de 12; Josefa de 10; Juana de 9; Dionicia de 6 y Elena de 4 años. 

Registro de bautismo de Ángela Valbuena Fernández

En total figuran 6 hijos, aunque el mismo documento censal señala que ha tenido 8 hijos. A esto hay que sumar que posteriormente al censo la pareja aún tuvo al menos 2 hijos más. Investigando a esta familia surgen algunas dudas en relación al número de hijos, bien sea porque algunos sean nombres compuestos, porque en ese momento no residieran allí, lo cierto es que consultando los archivos de las parroquias de Balcarce y Ayacucho, ambas en la Provincia de Buenos Aires, en donde fueron bautizados algunos de sus hijos la relación parece más larga.

Registro bautismo de Agapito Valbuena Fernández


El primogénito Félix que tenía 15 años en el momento de la elaboración del censo debió nacer en 1880, de este no aparece nada en los archivos bautismales consultados; El segundo, según el libro de bautismos de Ayacucho, fue Braulio, nacido en 1882, al figurar en el censo en segundo lugar Antonio, nacido en 1883, es posible que Braulio falleciera antes de 1895. En 1884 nacía su primera fémina: Romana Valbuena, nacida en 1884, que como se puede apreciar no figura en el censo, aunque Romana vuelve a aparecer como madrina de otro de sus hermanos en 1897. 

Registro bautizo Balbino Valbuena Fernández

La cuarta, si damos por hecho el fallecimiento de Braulio, sería Josefa, nacida en 1885 y mencionada en el censo, sin embargo consultando el libro de bautismos de la parroquia de Balcarce en 1885 nace María, que no figura en el censo, en el documento se indica como la cuarta hija del matrimonio, lo que bien pudiera ser un nombre compuesto María Josefa, y al ser la cuarta certificaría la defunción de Braulio. 

Registro bautizo de Ceferino Valbuena Fernández

Nacida en 1886 y con 9 años figura en el censo Juana, que en teoría debería ser la quinta, pero como tal, la quinta, aparece según la documentación de la parroquia de Balcarce Ángela que no figura en el censo. Otro galimatías es el caso de Dionicia y Emeterio, ambos, según censo y registro parroquial, nacidos en 1889, Emeterio no figura en el censo, sin embargo en su hoja bautismal aparece años más tarde casándose con una tal Maximina. Agapito es el siguiente si nos atenemos a la documentación parroquial, que tampoco figura en el censo, éste habría nacido en 1890, y no se trata de que su ausencia en el censo se debiera a un pronto fallecimiento, ya que en 1918 contrae matrimonio con Petrona Villanchino.

Registro bautizo Emeterio Valbuena Fernández

La última en aparecer en el censo de 1895 es Elena, nacida en 1891, que en el momento de su elaboración tiene 4 años, sin embargo debiera aparecer Manuel nacido en 1893 y bautizado en Ayacucho, que por entonces debiera tener 2 años. 

Registro bautizo Manuel Valbuena Fernández

Como ya se indicó anteriormente Simón y Eudiviges aún tuvieron 2 rapaces más después de 1895: Balbino en el mismo 1895 y Ceferino en 1897. En total, entre censo y archivos parroquiales salen 15 hijos, 14, en el caso de que como ya he indicado, María y Josefa sean en realidad una solo persona.

Registro bautizo de María Valbuena Fernández 


Registro bautizo Romana Valbuena Fernández

Simón  y Eduviges Fernández Rodríguez fallecieron ambos en Balcarce, su tierra de acogida. Eduviges falleció el 24 de febrero 1921 a los 67 años de edad.  


MIGUEL ÁNGEL VALLADARES ÁLVAREZ


miércoles, 12 de septiembre de 2018

TAMBIÉN SON DE LA PUERTA (1)



Son numerosas las personas que aun no habiendo nacido en La Puerta desarrollaron  y dejaron de alguna manera su huella en el pueblo. Son varias las circunstancias que llevaron a ello, nacidos en pueblos aledaños, otros nacidos tierras algo más lejanas, también hay hijos de la emigración etc.
Indudablemente no es fácil dar cuenta de todos ellos, las más veces por carecer de documentación al respecto, otras por simple desconocimiento, ya no queda mucha gente que de razón de ellos.  Personalmente doy fe de algunos que entran en el campo de mi generación. Así que cualquier dato aportable será bien recibido.

     La familia al completo.

Para empezar a recordar a esta gente, que mejor que empezar por casa, por aquello de que evidentemente cuento con mayor documentación.

DE LA FAMILIA DE FRANCISCO ÁLVAREZ Y AUREA GONZÁLEZ

Francisco Álvarez Díez y Áurea González García se casaron el 8 de octubre de 1924, Áurea era nacida en la localidad palentina de Mazuecos de Valdeginate, su llegada a La Puerta fue al ser destinado a la Casilla de Camineros de La Puerta su padre Pablo González, cuyo padre no sólo había  trabajado y residido en la misma Casilla de Camineros, sino que además se había casado en La Puerta. Pablo, capataz de Obras Públicas, llegó acompañado de su mujer Modesta García y sus dos hijas: Áurea y Maximina, y su anterior destino había sido algún otro paraje de la provincia de Lérida. La llegada de Pablo y Modesta fue bien acogida en el pueblo, prueba de ello era que en su casa se organizaban buenas veladas de hila, ya que aparte de ser gente de carácter abierto Pablo tocaba la guitarra, lo cual le daba color a la fiesta.

    Los abuelos Quico y Aurea con la nietada en sus bodas de oro.

Por aquello del parentesco y tradición Francisco entró enseguida a trabajar como Peón Caminero, no solamente su suegro trabajaba en el ramo, sino que además su padre, Pedro, también había ejercido como Peón Caminero.

Fue en 1925, tras nacer su primogénita Maximina fue trasladado a la Casilla de Camineros de Las Salas, hoy ya derruida, sita en el cruce de la carretera general Sahagún-Las Arriondas con la vía de acceso a los pueblos del valle del río Dueñas. Allí se trasladó el matrimonio con su recién nacida y un escaso ajuar entre las que se encontraban un par de cabras. Cabras que dieron que hacer, ya que al no ser vecino del pueblo no tenía acceso a derechos comunales, así que su jornada laboral comenzaba con sacar a sus cabras, atarlas con un ramal corto a pastar en los taludes de las carretera a los que tenía derecho y vigilar que la longitud del ramal impidiera a las cabras entras en terrenos privados o propios del Concejo, y terminaba por recoger sus cabras y para casa. En Las Salas vivieron hasta que por motivo del traslado de su suegro al área de Hospital de Orbigo, Francisco heredó una de las viviendas de La Casilla de La Puerta.

En Las Salas nacieron sus siguientes cuatro hijos: Pedro lo hacía en 1926; Teresa en 1928; Sagrario en 1929 y Laude en 1931. Año este último en el que Francisco y Áurea y su prole son trasladados a la Casilla de Camineros de La Puerta, en donde residieron hasta la jubilación de él en 1962. Allí nacieron otras tres hijas más: Milagros en 1933; Ángela en 1937 y Modesta en 1942, de estas ya hemos hablado en la cronología de los nacidos en La Puerta 1900-1987.

Pedro Álvarez González se casó el 23 de agosto de 1962 con Beatriz Sierra Díez natural de Riaño, una boda singular pues también escogieron esa misma fecha para contraer matrimonio su hermana Ángela y José Luis Macho Burón, natural igualmente de Riaño. Pedro y Beatriz no tuvieron descendencia, Beatriz falleció en 1992 y Pedro en el 2010, y desarrollaron toda su vida en Riaño.


Pedro Álvarez González y Beatriz Sierra Díez


Teresa Álvarez González no vivió mucho tiempo en La Puerta, desde muy pequeña se trasladó a Hospital de Órbigo en donde fue criada por los abuelos maternos Pablo y Modesta, trasladados a ese enclave como ya ha quedado dicho. Allí contrajo matrimonio con José Mª Marcos Matilla dedicando gran parte de su vida a cuidar a quienes la habían cuidado a ella. Fruto de este matrimonio nacía en 1954 Mª Jesús Marcos Álvarez, quien con asiduidad visitaba el pueblo, e incluso algún año de instituto lo curso en Riaño, que como bien recuerda de La Puerta, acudían como compañeras al centro riañes Mª Jesús, la de Manuela y Máximo y Marife. Teresa y José Mª fallecieron ambos en el 2006 con una diferencia de apenas mes y medio. Mª Jesús reside actualmente en Veguellina de Órbigo.

                           Teresa Álvarez González y José María Marcos Matilla

    María Jesús y su marido Magín.

Sagrario Álvarez González se casó en 1953 con Julián, Julio, Valladares Rojo, trasladándose posteriormente a Bilbao, allí fuimos naciendo sus hijos: Josetxu nacía en 1954, un servidor, Miguel Ángel en 1957; Julián, Julito para los de casa y foráneos, en 1959 y Rosa Mari en 1962. Josetxu, el mayor, asistió a algunos cursos en la escuela de La Puerta. En la actualidad de los cuatro hermanos dos residen en Bilbao y otros dos lo hacemos en Riaño, Rosa y un servidor. Los cuatro hermanos acabamos casados en esta montaña, prueba de nuestra devoción por ella, Josetxu lo hizo con Concepción Montañes natural de Cuénabres; Julito con Mª Victoria Presa, natural de Pedrosa del Rey; Rosa se casó en La Puerta con Manuel Díez, natural de La Puerta, y una de su hijas fue la última bautizada en el pueblo; y un servidor casado con Ana Isabel Burón natural de Riaño. Julio y Sagrario tras la jubilación de él regresaron a su tierra residiendo en Riaño; Julio falleció en diciembre de 1991, Sagrario reside de forma habitual en el Nuevo Riaño.

                                 Sagrario Álvarez González

     La familia al completo: Sagrario y Julio, atrás de izq. a dcha un servidor y Josetxu; adelante y de izq. a dcha: Rosa, Juli y Pedro Mari que falleció a los 18 meses.

Por último Laudelina Álvarez, nacida en marzo de 1931, y quien con apenas tres meses, se trasladó junto a toda la familia otra vez a La Puerta, fue por tanto la última en nacer en Las Salas.

                              Laude Álvarez González y Valentín Alonso Rodríguez.

Laudelina se casó en La Puerta el 28 de diciembre de 1957 con Valentín Alonso Rodríguez, trasladándose poco más tarde a Bilbao.  Su primera hija, Yolanda, será  la única que nacería en La Puerta, ya en Bilbao fueron naciendo Pilar, Luis Ignacio (Iñaqui), en 1961 y Arantxa en 1965. Su vinculación anual con el pueblo es de todos sabida, residieron en La Puerta mientras fue posible durante el verano, los últimos años antes de los derribos lo hicieron en Riaño. Siguen siendo asiduos a la montaña, y aunque todos tienen su residencia en Bilbao, a las 3 horas de tener libre en sus ocupaciones cotidianas ya les vemos mirando para el Yordas.

    Laude y Valentín con la familia, Yoli por detrás, Pili e Iñaqui y Arantxa en el regazo de su madre.

Miguel A. Valladares Álvarez

sábado, 25 de agosto de 2018

EL PAJARÍN DEL CAMPANARIO.


                                 


                                   EL PAJARÍN DEL CAMPANARIO.


Desde mi privilegiada atalaya campanera, observo el entorno y percibo sonidos habituales en el silencio matutino: hace unos minutos oigo unos bocinazos que se producen a intervalos, los reconozco perfectamente, es Paco, el panadero, que recorre el pueblo vendiendo sus productos caseros; su furgoneta se detiene delante de la casa de Marina, la cual recibe una hogaza reciente. Por el pontón se acerca Isolina a por su hogaza… “me comería un buen trozo con chorizo”.

Mi madre sale con la carretilla llena de productos del huerto situado delante de la cuadra de Jandra… “nabos y remolacha para los gochos” (ojalá no me vea aquí arriba, tengo que permanecer inmóvil, me tumbo en el suelo).



Emilia transporta dos baldes de leche encima del carretillo, que es agarrado firmemente para evitar derrames innecesarios… “lo entregará a Rosa, la de Gil”.

Mi tía Ana Mari arrea sus vacas y las de sus vecinos pues le ha tocado la vecera. Anda tranquilamente, en una mano un palo y en la otra un cigarrillo… “como los hombres, hace bien”.

Javier, el de Sofía, lanza unos palines al agua del calce que discurre por detrás de la iglesia para que naveguen hasta la posición de Anselmo (unos metros más bajo)… “a todos los chavalines nos presta jugar en el calce”.

Mi padre cruza, por el huerto, desde la casa de Miguel (el de Tiquia) hasta el camino… “ya ha ordeñado las vacas” (lleva una cuerna y un caldero de leche).

Piedad arrea una gocha y se dirige hacia la calle de la izquierda, antes de la escuela…“habrá quedado para echarla al verrón”.

Mi tío Agustín toma la curva en su nuevo y flamante Seat  600… “a ver cuándo me da una vueltina”. Se dirige hacia la izquierda de la escuela… “no hay duda, va a echar el macho a la cerda”. 

Paco Ania, montado en su gran camión (suele visitar a su hermana), le cede el paso a su cuñado en el cruce de la escuela, y lanza dos potentes toques de bocina (a modo de saludo)... “me encantaría montar en ese cachivache”.

Los tres hijos mayores de Fabio salen del corral de su tía Nati. Le chisto a Juanjo para que suba pero su hermana mayor, María Eugenia, empieza a gesticular airadamente y prohibirle tal ascensión. Esther le recrimina: “no te pongas así, déjale al rapaz, que ya es grande”… “los hermanos mayores son unos mandones”. 

Mi abuela, acompañada de su hija Sabina, camina por el pontón hacia el interior del pueblo… “visitarán a mi madre y mi tía Carmen” (casi todos los días, mi agüelita, se interesa por sus hijas y nietos; también nosotros por ella).

María (madre de Marina) lava ropa en el calce, inclinada sobre la taja, y el tío Quico la observa sin detener su andar. Ajenos a su destino, ni se imaginan que ambos formarán una parte esencial de nuestra memoria fotográfica.

Onésimo coincide con Federico (hermano de Piedad) delante de la casa  de Marina. Ambos avanzan lentamente, el primero ayudado por su inseparable vara y el segundo agarrando sus manos en su espalda… “éstos van an’ca Jandra”.

Mi tía América lleva, en su carretilla de rueda de goma, hacia la cuadra situada detrás de la casa de Piedad, un saco de harina… “¡qué bien cuidan a sus vacas mis tíos”.

Olga y Ana Mari (la de Nides) aparecen por delante de la casa de Asela, paseando tranquilamente, hablan y hacen bastantes ademanes… “estas jovencinas igual andan ya con cuentines”.

Agapito saca una vaca a beber… “estará recién parida”. Mientras el animal sacia su sed, el amo charla con un veraneante, al cual no reconozco, y otro (demasiado bien vestido para el pueblo) observa detenidamente al cuadrúpedo… “será un señoritingo”.



El tío Fermín, azada al hombre y calzando botas de regar, se acerca lentamente a las compuertas, levanta la situada a su izquierda, baja la central y derecha, colocándoles unos morrillos encima para que no las abran los rapaces… “a este hombre le toca hacer todo, alguno podía no ser curilla)”.

Mi tía Paz, encorvada sobre el surco, saja lentamente la tierra de El Cuerno, mientras su hijo Toño arregla la cabecera para mejorar el riego… “tendría que arreglar las piedras que yo le tiré al saltar la cerradura hace dos días”.

Sara y Lidia se dirigen hacia la casa de mi abuela con unos capacines en los que suelen llevar sus cacharitos y otros juguetes… irán a jugar con mi prima Merche.

A mis oídos llega un sonido muy potente; de repente parece una moto a toda velocidad hacia la iglesia y da un frenazo al llegar a la entrada. Es mi primo Toñín (el de Heraclio) y me ordena que baje: “ves, he conseguido arrancarla. Monta que te doy una vuelta”… “¡qué jodío! Y eso que estaba abandonada en la hornera de mi abuela”.

Me agarro fuertemente mediante un abrazo y comienza el viaje: recorremos la calle principal hasta el puente de la entrada, gira hacia el cementerio y retornamos por la travesía del barrio Abajo; a la altura de la casa de Genoveva, adelantamos a Julia y Domitila, en el cruce de la escuela a María (la madre de Ángeles) y María (la hermana de Alberto), todas con su velo en la cabeza… “son un poco “cagaprisas” para ir a misas”.

Cerca del lugar de culto, alcanzamos a  Don Antonio, el cual avanza con paso largo y acelerado; trae su misal y la grande llave de la puerta en la mano. Ya en la sacristía, me riñe por montar en la moto y “porque le ha dicho un pajarín” que he estado en el campanario varios domingos antes de iniciar la misa… “yo comprendo que me tiene que reñir”, además siempre lo hace de buenos modales e intentado convencer.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).