sábado, 21 de mayo de 2016

EMIGRANTES DE LA PUERTA: LOS GUTÍERREZ DE ARGENTINA


En un lugar de León, de cuyo nombre no quiero olvidarme....

LOS GUTIERREZ

Aunque el apellido Gutiérrez les viene vía Pedrosa del Rey, este no era novedoso, ya que por vía materna el apellido Gutiérrez les viene de lejos. En efecto, ya en 1752 había afinidad con este apellido, y los González Gutiérrez están registrados en La Puerta (Catastro de Ensenada); por entonces, Juan González, ya con más de sesenta años y viudo de Thoribia Gutiérrez, vivía en este pueblo junto a sus hijos: Juan, Eugenia, Santos (1726), y Basilio (1727).

De la siguiente generación a Juan González, solo Juan y Santos tienen registrados descendientes en La Puerta: Juan a Bernardo  y María;  y Santos, casado con Cathalina Álvarez, con quién tuvo 10 hijos; María; Ysabel; Estanislao; Juan; Santiago; Francisco; Santos; Manuela; León y Michaela. Pero, buscando el hilo que nos lleve a nuestros Gutiérrez emigrantes, nos fijaremos en Estanislao, nacido en 1764, quien a principios del siglo XIX contrajo matrimonio con Francisca Díez Díez, natural de Carande, con quien tuvo 5 hijos: Manuela (1804), Micaela, Juana (1807), Agustín Antonio (1809) y Mª Agustina (1812).

E iba a ser esta cuarta generación quien, a través de Mª Agustina, va a adquirir el apellido Gutiérrez que con gran orgullo pasean nuestros Gutiérrez argentinos. Mª Agustina contrajo matrimonio con Manuel Gutiérrez Valbuena, hijo de Pascual Gutiérrez y Ana Mª Valbuena, naturales de Pedrosa del Rey. Manuel y Mª Agustina tuvieron al menos 8 hijos: Ambrosio, Manuel (1825); Estanislao (1827); María (1829); José (1841); León (1843); Mariano (1846) y Agustina (1855).De estos, León y Ambrosio fueron los padres de nuestros “desempolvados” emigrantes. Ambos emparentaron en Boca de Huérfano; León se casó con Juliana González y Ambrosio con Petra Álvarez y entre sus descendientes encontramos a nuestros primeros Gutiérrez emigrantes.

León y Juliana tuvieron 4 hijos: Julia; Domingo; Demetrio (1855) y Marcelino. Por su parte, Ambrosio y Petra tuvieron 9: Alberto (1883); María (1885); Patricio (1887); Doroteo (1889); Zacarías (1891); Emilio (1894); Quintina (1897); Olegario José (1900) y Gregoria (1902). De estos emigraron a Argentina: Marcelino por parte de León, a los que se unirían más tarde sus sobrinos e hijos de su hermano Domingo: Senén Gutiérrez y su hermano Quirino. Para los desconocedores de los entresijos de La Puerta, Senén y Quirino eran hermanos de Gil, que regentó un bar en La Puerta. Y por parte de Ambrosio Alberto, Doroteo y Olegario José, estos, hermanos de Patricio, padre de Petra, Ambrosio o Emilio entre otros.

LOS EMIGRANTES

El primero que aparece enrolado en un buque con destino a Argentina es Alberto, lo hace a bordo del Almanzora, llegando a Buenos Aires el 21 de octubre de 1925.El 1 de enero de 1926, enrolado en el CAP Norte emprende viaje desde el puerto de Villagarcía de Arosa Olegario José y el 14 de diciembre del mismo año lo hace Marcelino Gutiérrez también a bordo del CAP Norte, este lo hace acompañado de su esposa Leandra Álvarez González, natural de Villafrea y les acompaña María Carande de Éscaro. Doroteo no figura en los registros de entrada en el país del tango, pero todo hace indicar que entró en el primer cuarto del siglo XX. Senén lo hace en 1930 a bordo del CAP Arcona; y por último, su hermano Quirino en 1949 enrolado a bordo del Tucumán; todos ellos zarpando del puerto de Vigo, a excepción de José Olegario como ya ha quedado reflejado.

EN LA PAMPA HÚMEDA

    Alberto se aposentó rápidamente en San Manuel, partido de Lobería, probablemente en donde se le cedieron algunas hectáreas de tierra; poco después también llegó al mismo destino Olegario José. En 1928, Alberto regentaba junto a un socio un almacén General en San Manuel. En 1931, cuando se construye el centro educativo en esta localidad, tanto Alberto como Olegario José figuraban entre los miembros de la comisión que llevaron a cabo el control de las obras.

                               Foto familiar de los Gutíerrez en Argentina.

 Marcelino y Leandra vivieron en La Puerta,  donde nació su hija Sabina en 1903, hija que falleció pronto. Una vez en Argentina se ubicaron en Lobería, una ciudad situada a unos 450 km al sudeste de la Provincia de Buenos Aires, donde recibieron unas hectáreas para trabajarlas. En pocos años consiguieron mejorar su posición y gestionar bien su patrimonio, lo que les permitió vivir cómodamente con casa propia y subsistir gracias a sus rentas.


                                   Marcelino, el Padre Valbuena, Quirino y un acompañante 

Doroteo también vivió en Lobería, donde adoptó rápidamente  las costumbres del "gaucho": vestía a la usanza de los paisanos de nuestro campo, con "Bombachas", botas y pañuelo al cuello. Hizo una gran fortuna, luego vendió sus campos y se retiró a vivir en el Hotel de Baskonia, que regentaba el hijo de su primo Domingo. El hundimiento de la economía argentina de los años 30 le derritió el dinero y sus últimos años no fueron buenos. 

                                                                  Quirino Gutíerrez 

    Quirino era un personaje entrañable, de los de probada querencia, que además de querer, se dejan querer, dicharachero, un buscador de sonrisas. Llego a Buenos Aires el 10 de agosto de 1949 con 31 años, y en principio se instaló junto a su hermano Senén; más tarde y en compañía de Isidro Álvarez y los hermanos José y Julián Sierra, los tres de Riaño, formaron una sociedad y avalados por el Padre Jacinto Valbuena de la Calle, también de Riaño, párroco que, durante su estancia en Argentina, fue confesor del Papa actual. Juntos montaron su propio negocio de hostelería en la ciudad de Avellaneda, en la zona Sur del Gran Buenos Aires. Tras deshacerse esta sociedad, Quirino se reubicó en Beccar en la zona Norte. Quirino se casó con Manuela y no tuvo descendencia; en 1968 regresó a su lugar de origen y tras una breve visita regresó a Argentina en donde regentó su último negocio también de hostelería. De Isidro Álvarez nada conocemos. De los hermanos Sierra,  José, años más tarde regresó a Riaño, mientras Julián acabó asentándose en la ciudad Argentina de Córdoba,  donde falleció debido a sus problemas cardiacos.

                                          Quirino Gutíerrez en una de sus visitas a España

HISTORIA DE UN EMIGRANTE
SENÉN GUTIERREZ ALONSO

    Dicen que en la emigración, y en quienes la profesaron, hubo todo tipo de emociones: ilusión, esperanza, necesidad e incluso resentimiento, y digo resentimiento, porque los más viejos del lugar aún recuerdan a aquella emigrante que antes de montar en el coche de línea, primera etapa del viaje, se limpió los zapatos y mirando a los vecinos presentes en la parada, y no sin cierta soberbia les apuntillo: “de este pueblo no quiero llevarme ni el polvo”.

                                                    Senén Gutíerrez
                                                  
    En el caso de Senén Gutiérrez podemos hablar simple y llanamente de necesidad, ya que como él mismo confesó a sus hijos, dejó España "porque mi padre me dijo que no le alcanzaba el dinero para alimentar tantas bocas", y es que, en esa casa, además de Domingo y Timotea, sus padres, había 5 bocas más, y Senén era el mayor de ellos.

    En esta tesitura, Senén recibió la "Carta de Llamada" de su tío Marcelino, documento necesario para poder ingresar en el país y obtener la residencia, e inició los preparativos para el viaje. A finales de noviembre se traslada hasta Vigo donde embarca en el Cap Arcona, un trasatlántico célebre, no ya solo por haber transportado tantas esperanzas, sino también por tener un trágico final, ya que años más tarde, en el transcurso de la segunda guerra mundial, fue hundido en el Báltico con 4.500 prisioneros de los alemanes encerrados en sus bodegas.

    No quiero imaginarme el dolor de una travesía así, en la que, en el oleaje se refleje la aflicción del pasado inmediato; la melancolía del presente y la incertidumbre del futuro. Senén arriba al puerto de  Buenos Aires el 8 de diciembre de 1930, nadie acude a su llegada, los primeros días se aloja en el hotel de Inmigrantes, allí tendrá tiempo de preparar el siguiente paso, pero también tiempo para repasar su vida y dar rienda suelta a sus recuerdos añoranzas que nunca le abandonaron y que dejó a sus hijos como uno de sus más preciados bienes: “el Esla, Hormas, el invernal y las vacas, el hórreo, la feria, la siega, el Yordas, la nieve y el frio del invierno, las madreñas, las Fiestas de Quintanilla, la lucha leonesa, las cigüeñas de la Iglesia, el maestro de la Escuela que estaba pegada a su casa y las picardías y pequeñas aventuras de su adolescencia y primera juventud”.

    La oferta de unas cuantas hectáreas en la provincia del Chaco no le desviaron de su meta, Lobería, en donde vivía su tío. Como recuerda su hijo Domingo: “A Lobería se podía llegar por dos ramales distintos del Ferrocarril; uno de ellos paraba en la Estación “Lobería” y el otro a seis kilómetros del pueblo, en una estación llamada “Tamangueyú”. Le dieron pasaje a Tamangueyú y, a poco de subir al tren, olvidó ese nombre tan extraño. La única solución era estar alerta y mirar por la ventanilla en cada parada porque, si leía el nombre de la estación, recordaría que ese era el lugar en el que debía bajar. A la media hora de haber emprendido el viaje comenzó a mirar por la ventanilla; trece horas después bajó del tren en Tamangueyú”.

    Una vez en Lobería no tardó en encontrar trabajo; primeramente como peón en la cosecha de la papa y más tarde su situación mejoró cuando Don Ramón Allende, un paisano de Burón, le contrató como dependiente en “El 43” su “Almacén de Ramos Generales”. Allí se vendía pan, bebidas, alimentos, cigarrillos, yerba, todo tipo de artículos para el campo, monturas, aperos y rebenques y hasta alguna “comida de olla” para los gauchos que estaban de paso. El trabajo incluía una remuneración mensual y el alojamiento en la trastienda del local.



    Senén se casó en 1939 con Carmen Mafalda, y poco más tarde invirtió sus ahorros participando en una sociedad que compró el Hotel Baskonia. Años más tarde volvió a invertir, también en sociedad, comprando la “Confitería del Molino”, una especie de local en el que además de servir bebidas, servía de sala de juegos, salón de baile, incluso para otros eventos como bodas y bautizos.

    Este matrimonio, Senén y Carmen, vivió felizmente en Lobería  donde, con el paso del tiempo, fueron llegando hijos: Domingo; María Angélica y Senén Mario. Pero en Lobería no había institutos, y con visión de futuro, Senén, prefirió arriesgar la tranquilidad y la seguridad de Lobería, por empezar de nuevo en Buenos Aires, pero con la satisfacción de poder dar a sus hijos la formación que él no pudo tener. En 1948 tiene lugar esta nueva aventura, una vez instalados en la capital argentina, Senén y Carmen compraron un almacén, tienda de ultramarinos, y con empeño, trabajo y sacrificio, el cambio tuvo su éxito,  sus tres hijos acabaron sus estudios con licenciaturas: Domingo y María Angélica en medicina y Senén Mario en la abogacía.

                               Quiniro y Carmén con Domingo

   Senén Gutiérrez fallecía en 1992, no sin antes visitar de nuevo su lugar natal, La Puerta; un breve recorrido en el que rememoró sus lugares y experiencias de su infancia y de mocedad, cuántas lágrimas correrían por sus mejillas o por sus adentros en tan especial visita. Su experiencia en la vida, su sencillez, quedó reflejada en su propio epitafio: "Yo no envidio de nadie la suerte, soy lo mismo que el pavo real, que orgulloso recibe la muerte y orgulloso del mundo se va" 

Miguel Ángel Valladares Álvarez


Gracias a Domingo Gutiérrez por su desinteresada e imprescindible colaboración en este trabajo, sin la cual no hubiera sido posible su elaboración.

domingo, 10 de enero de 2016

LAS "NIÑAS" DE LA PUERTA

      Foto cecida por Montserrat Valladares Álvarez
      La relación de nombres es proporcionada por Modesta Álvarez:
     
     De Izquierda a derecha:
     Begoña de Pelayo (Villacorta) y Florencia (La Puerta). 1948
     Guadalupe de Wenceslao y Asela ambos de La Puerta. 1945
     Carmina de Leandro (La Puerta) y Vicenta (Maraña). 1944
     Isabel de Pelayo (Villacorta) y Florencia (La Puerta). 1949
     Gloria de Leandro (La Puerta) y Vicenta (Maraña). 1940
     Paquita la hermana de Marina, de Francisco y María ambos de La Puerta. 1941
     Aurora la hermana de Oliva, de Emiliano (La Puerta) y Juana (Carande). 1940
     Modesta de Francisco el caminero (La Puerta) y Aurea (Mazuecos, Palencia).1942
     María Antonia de Fabriciano (La Puerta) y Eloisa (Cangas de Onís). 1945
     María Luisa de Melchor (La Puerta) y Asunción (Carande). 1944
     María Isabel de Fabriciano y Eloisa (Cangas de Onís). 1946

    Queda por conocer la identidad de la niña que está con la maestra

YA VIENEN LOS REYES, POR "EL ANDRINAL". JESÚS GONZÁLEZ


YA VIENEN LOS REYES, POR “EL ANDRINAL”…

Estamos en Navidad, todos los niños del pueblo estamos pensando en la llegada de sus majestades orientales. Mi padre, para mentalizarnos de su proximidad, suele canturrear el conocido villancico (con alguna modificación): “Ya vienen los reyes, por “El Andrinal”…”, pues anteriormente ya nos había relatado que utilizaban dicha zona para llegar a La Puerta y no ser vistos por la carretera (más transitada), atravesaban el caudaloso río por el paso de los carros y, tomando el camino de El Sotiquín, arribaban a la iglesia, donde era prioritario y protocolario adorar a mi tocayo, el Niño Jesús (dicho sea  sin ánimo de comparar rangos).
Posteriormente, utilizando los caminos practicados en la abundante nieve (por nuestro padres, con una simple pala), visitaban las casas donde había niños y para ello seguían la siguiente ruta: de la iglesia se dirigían hacia la  calle de mi abuela Justa y volvían a la calle principal, a la altura de la casa de mi tío Francisco se desviaban hasta la viviendas de Gundo y mi tío Laureano, luego se iban al barrio Abajo para retornar a la carretera, donde finalizaban el reparto y proseguían rumbo a Éscaro (supongo que harán un alto en el parador y la casilla, si hay niños).
Por otra parte, nadie escribe la carta (quizá por miedo a que no llegue a tiempo, siempre hay mucha nieve), la comunicación con los reyes es directa, pues solo hay que responder a una pregunta (¿qué le vas a pedir a los reyes?) y nuestros padres trasladan las peticiones a los magos. Suele haber demasiados fallos en la “trasmisión de mensajes” pues es habitual que nuestras demandas se cumplan solo en parte, especialmente si hay bicicletas en la lista.

La víspera del día de Reyes le recuerdo a mi padre que es preciso rehacer bien los caminos para que circulen los camellos sin problemas y, si fuera necesario, mis hermanos y yo le ayudamos. Por la tarde, en compañía mis primos Alfredín y Ramón, revisamos las idoneidad de los caminos abiertos en la nieve: vamos hasta la iglesia, luego a casa  de nuestra abuela (se sonríe y refuerza nuestra motivación cuando le informamos sobre nuestra actividad inspectora), la calle de escuela a casa del cura no hace falta explorar pues no hay niños en ese tramo y tampoco en el que discurre desde el huerto de Asela a la choricera; por la calle del barrio Abajo llegamos hasta la casa de Nato (José Enrique nos saluda por la ventana y le respondemos moviendo las manos) y finalizamos en la carretera que está limpia tras el paso de la espaladora. El resto se halla en perfectas condiciones; está escampado: esta noche hará frío pero no nevará y así los reyes no tendrán problemas de desplazamiento (las pezuñas de los camellos asientan bien en la nieve helada).

Por la noche, nada más cenar, los tres hermanos nos vamos a la cama rápidamente pero tardo en dormirme (por las expectativas mágicas). En la quietud de la madrugada, el sonido de una esquila me despierta (es el camello guía, la lleva para orientar al resto en la oscuridad y ante la copiosa nieve) y, al cabo de unos instantes, oigo abrir la puerta del balcón, le siguen unos pasos sigilosos para finalizar con el cerramiento del ventanal. De inmediato, a pesar del insoportable frío ambiental, me levanto de la cama y abro el postigo de la ventana para contemplar una escena inolvidable: en la claridad de una noche estrellada y sobre la blanca nieve resaltan tres siluetas idénticas a las figuras del belén que representan los Reyes Magos. Se están desplazando lentamente, les sigo con la vista hasta perderlos y luego permanezco con la oreja pegada al cristal para escuchar el sonido de la esquila (cesa unos instantes: están dejando regalos en casa de mi prima Maribel) hasta que se desintegra en la el silencio nocturno. Con el cuerpo tiritando regreso a mis sueños.

Al amanecer, mi hermano Miguel Ángel nos despierta, saltamos de la cama y corremos al pasillo, donde hallamos, depositados en el suelo: indios, vaqueros, caballos, carrozas, escopetas de tapón de corcho, revólveres de pistones y otros materiales escolares y ropas. Como nos imaginábamos, otra vez se les ha olvidado la bicicleta y eso que nos daba igual que fuera de hombre, de mujer o de niño.Después de desayunar, cuelgo mi escopeta al hombro y me voy a casa de mis tíos para ver los regalos que les han traído a mis primas (a los varones casi siempre nos dejan los mismos); veo a Pacita muy contenta con su cocina y los cacharritos (ya está ideando numerosas recetas), a Maricruz entusiasmada con sus muñecas y ropitas recortables (ofrecen muchas opciones de vestimenta), a Irene emocionada con su “baby mocosete” (con todos los accesorios y complementos: pañales, biberón, ropita,…), a su hermana mayor, Ana, maravillada con su costurero (me enseña varias agujas, hilos de muchos colores, tijerinas pequeñas,…), a Merche complacida con las camas y armarios artesanales construidos por su padre, a Mariví (y el resto de primas) ilusionadas con sus muñecas, vestiditos, estuches de pinturas Alpino (mejor si son de dos pisos), zapatillas, zapatitos, leotardos, calcetines, pijamas, etc.

Al cabo de unos pocos días, volveremos a jugar con bolas de nieve, palos, cuerdas, puntas, alambres, latas, calderos, vacas de salguera,… en carros, leñeros, tenadas, portaladas, etc.

Jesús (el mediano de Toño y Enedina)

sábado, 19 de diciembre de 2015

LA PUERTA: LAS VECERAS

 LAS VECERAS.
    No conocemos Ordenanza alguna del Barrio de La Puerta en el que se pudiera estudiar en profundidad sus veceras; de cualquier  manera, y a tenor de otras Ordenanzas conocidas en el contorno, el tema de las veceras tiene un ordenamiento muy generalizado en todos los pueblos de esta Montaña.



    Era el Concejo de La Puerta quien regulaba y tomaba acuerdos sobre las veceras, decidía abrir pastos para cada una de ellas y acotaba otros para un uso posterior. A echar los ganados a la vecera estaban sujetos todos aquellos vecinos que tuvieran animales de las especies que se vezaban. La vez comenzaba en casa de un vecino determinado y avanzaba en dos direcciones opuestas, la primera corrida que se guardaba en la primavera partía de donde se hubiera quedado en el San Miguel del año anterior. Eran muchas las veces que coincidía que teniendo la vez de una vecera, llegaba el turno de otra, en este caso dependía de la época del año, si había personal suficiente en una casa  como para asumir las dos se hacía, y si no se pasaba la vez a otra casa y se guardaba en cuanto se quedaba liberado.

    Excepto algunas veceras de ganado ovino, ovejas y cabras, que duraban todo el año, las demás veceras se iniciaban con la llegada de la primavera y duraban hasta el San Miguel, en el que se daban las Derrotas, dependiendo este hecho de la fecha en que se acabaran de recoger los patatas y apañar los otoños.

    La primera vecera en organizarse era la Cabaña, tenía su salido en el origen de la carretera del Parador, compuesta por vacas de entre 2 y 4 años, vacas horras, a la que se añadían los novillos sementales escogidos por la Junta de Ganaderos para la recría; la escasez de hierba en las tenadas hacía que en cuanto el tiempo lo posibilitara este rebaño se subiera a los pastos de Hormas, generalmente allá por el mes de marzo, no deshaciéndose hasta el San Miguel con motivo de las Derrotas. Por cada animal metido en la vecera se guardaba un día, la vecera era custodiada por dos pastores de distinta casa; los animales pernoctaban durante toda la semana en las proximidades de los pastos, aunque de noche se les encerraban en corrales preparados para el efecto. Cada sábado al atardecer los cencerros de la cabaña inundaban el pueblo, éste día la Cabaña bajaba a por su ración de sal y el domingo a la mañana regresaban a sus pastos.

    A finales de marzo también se ponía en marcha de la vecera de añojos, terneros de más de un año, se les apacentaba preferentemente en las laderas bajas y próximas al casco urbano, caso de Puntaniella, los Cotorros y el Hoyo los Gues, respetando siempre las tierras de labor. Por cada añojo una jornada de dos pastores de una misma casa cuidando el rebaño, al menos uno tiene que tener más de 18 años. La vecera se deshacía también cuando se daban las Derrotas, hacía el 7 de octubre.

    Los jatos comenzaban más tarde y ninguno de ellos pasaba del año; la jatera de La Puerta estaba situada en el término de La Cuesta, allí, desde mediados de junio y a razón de un jato un día aprendían a pacer bajo la atenta mirada de un único pastor. Esta vecera se unía a la de las vacas hacía el 29 de septiembre.



    Las veceras de vacas apenas tuvieron presencia en este siglo, hasta la década de los 60 no funcionaron y a principios de la siguiente dejaron de existir. Los 2 o 3 primeros años funcionaron dos veceras de vacas: a una, cada vecino podía echar 4 animales, esta estaba organizada en dos vacadas, una perteneciente al Barrio Arriba y otra al Barrio Abajo, pacían los mejores herbazales. A la segunda, una única vacada, iban las vacas restantes de cada vecino; Pozollao, Las Vallejas y Hormas eran sus pastizales acostumbrados, no siempre bajaban a dormir, aunque se las bajaba diariamente para su ordeño.

    Esta estructuración parece ser que dio lugar a la picaresca, y en algunos casos se produjo la división de ganados entre los miembros de una misma familia con el fin de meter todas las vacas en la primera vecera, ante esta situación se optó por una sola vecera dividida en dos rebaños y buscando la equidad en el número de animales. 

    Por cada dos cabezas se pastoreaba un día, por una la mitad. Desde mayo hasta las Derrotas por el San Miguel, dos pastores de una misma casa cuidaban esta vecera. Durante este tiempo sólo se deshacía con motivo de la celebración de las fiestas del patrón del pueblo, los días de San Pedro y San Pedrín, estos dos días se cuidaban individualmente, el tercer día ya corría la vez de nuevo. Saguas, Las Borías y las faldas del Yordas eran algunos de los pastos destinados a su apacentamiento.  

    A las veceras de ovino les estaban vetados los terrenos liberados tras dar las derrotas, y excepto las de corderos y chivos que acababan el 29 de septiembre, las demás duraban todo el año, pudiendo pasar algunos días seguidos sin salir por causa de la nieve. Tenían el salido en el centro del pueblo, en el Barrio de Arriba, la de ovejas, única para todo el pueblo, casi siempre contó con un pastor ajustado para su cuidado, con el iba un vecino en vez, a razón de 1 día por cada cuatro ovejas. En época de la paridera un tercer vecino, uno cada día, acompañaba al rebaño con la misión de controlar y asignar los corderos. Las Borías, y algunos valles de Hormas, en donde contaban con sestiles, eran los pastos más visitados.



    Por dos corderos un día de corrida para un único pastor, se soltaban en mayo por las camperas de encima la fuente La Canalina y  por La Cuesta, una sola vecera que compartía pastos con los jatos. Con la vecera de corderos también iban los carneros sementales escogidos para el servicio del Concejo. El día San Miguel, los corderos se unían a la vecera de ovejas, dejando de considerárseles tal y ser contabilizados como ovejas.


    La vecera de cabras era la única que no dependía directamente de la Junta de Ganaderos, esta vecera se organizó sobre la década de los cuarenta y duró poco tiempo, en ella sólo intervenían aquellos vecinos que tenían animales de esta especie. La mayor parte del tiempo lo pasaban en el valle de Hormas, aunque también merodeaban los pastos siempre frescos de las calizas. Se guardaban en la misma proporción que las ovejas y solo contaba con un pastor; fue la primera vecera en desaparecer.

Miguel A. Valladares Álvarez



lunes, 14 de diciembre de 2015

¡¡¡YA TENEMOS NIEVE EN LA PUERTA!!!


YA TENEMOS LA NIEVE EN LA PUERTA.
El día de la feria de noviembre fui con mi padre, arreando una vaca que llevaba para venderla; se notaba el frío mañanero al percibir claramente el aliento que exhalaban las personas y las vacas; en pocos días, el blanco que coloreaba las cumbres de montañas y sierra ha ido tiñendo los bosques y valles hasta descender a la puerta de nuestras casas.
Algunas noches de principios de diciembre ha helado lo suficiente para producir una resistente capa sobre los charcos, que abundan por doquier y desgastamos a base de deslizarnos sobre ellos; además de este patinaje practicamos uno de superior calidad en la inmensa pista que se forma en la presa, al lado del puente y  enfrente del lavadero, donde el cauce se ensancha. Aquí coincidimos numeroso amantes de los resbalones (desconocemos eso de las piruetas), nos caemos y nos levantamos, reímos y lloramos, nos golpeamos las piernas (cuidado con las culadas y morradas), alguno hace agujeros para que otros metan la pata, etc.; todos acabamos mojados y con algún moratón (ningún esguince ni rotura).



Y también se crean otros suelos para el deslizamiento donde se acumula agua por cualquier circunstancia, como enfrente de la casa de Leandro, en la esquina donde confluyen la calle del barrio Abajo y la que proviene de la casa de Genoveva. Y refiero ésta, porque hace unos días, patinado con la botas de regar de  mi padre (las típicas verdes), me di un morrazo tremendo (cada vez que recuerdo la escena me duele); por supuesto, no le he dicho nada a mis padres. Eso pasa por utilizar el calzado inadecuado: botas muy grandes, nos llegan a las ingles, no se puede doblar la rodilla, no tienen cuchillas debajo, etc.
También han empezado a caer los primeros copos de nieve, está todo blanco y nada más salir al recreo vamos a mear detrás de la escuela para hacer figuras en la nieve, moviendo diestramente la pirulina. Debido a la capacidad de nuestras vejigas y el frío glacial, esta actividad no se prolongaba demasiado e, inmediatamente, nos vamos a las tierras de El Cuarno para “hacer el santo” repetidas veces. Al volver a la clase nos reunimos alrededor de la estufa, extendiendo las manos por encima de ella.
Pero la actividad que nos presta es el descenso en esquíes o trineo (ambos artesanales) y casi siempre “en recto”, siendo las zonas más habituales el Hoyo de la Cuesta o Prao Cavao. La primera es peligrosa, por la pendiente,pero atractiva por la velocidad que se coge, aunque, en ocasiones, tras lanzarnos por un ribón, aterrizamos encima de una escoba o, como me paso a mí, de un espino con el siguiente resultado: la ropa hecha jirones y sietes, las manos y la cara con numerosas perforaciones y arañazos, duele todo el cuerpo, el trineo en paradero desconocido, etc. Ese día acabé encima de la trébede (castigado sin salir), en calzoncillos, con numerosas marcas de mercromina y se distinguían varias formas de una suela en mis nalgas.
Por supuesto, las guerras de bolas son frecuentes en cualquier escenario (calles, huertos, portaladas, corrales, etc.), respetando las chicas (excepto las que son expertas en el lanzamiento atinado) y edades (algunos mayores hacen las bolas muy duras y hay que parapetarse o esquivarlas). Nos divertimos mucho: unas veces provocando la batalla y otras respondiendo a las agresiones; pero nunca duraban mucho las hostilidades ya que los guantes escaseaban y al finalizar había que echar aliento a las manos o (si no calentaban) entrar directamente a la lumbre. Una vez entonados procedía volver a patrullar las calles en busca de nuevos enemigos o lanzar las bolas a los carámbanos que colgaban de los aleros (esto lo hacíamos para ver quien acertaba con el más grande, aunque también nos preocupaba algo nuestra seguridad).



Una tarde, con anterioridad al día de Navidad, fuimos tres niños (Ramón, Alfredo y yo, pero no estoy seguro), con mi tío Agustín, al pinar para cortar y traer tres árboles de Navidad, una para cada casa (Carmen, Enedina y el susodicho). En el camino de ida nos contó detallados relatos con el oso como protagonista (costumbres, comportamientos agresivos, precauciones, etc.), incluyendo historias reales de enfrentamientos con humanos de los pueblos cercanos y en las que habían resultado heridos o casi muertos. En el trayecto de regreso, bajábamos arrastrando cada uno su árbol y mi tío dice que va a mear detrás de unas escobas, pero que sigamos descendiendo poco a poco (había bastante nieve y estaba oscurecido). Al poco rato, los tres primos, oímos chasquear ramas (inmediatamente pensamos que sería un oso) y, sin mediar palabra, dejamos los árboles y echamos a correr cuesta abajo. Al poco rato, mi tío se descubrió (nos llamaba a gritos) y se desternillaba (alguno dijo: “que tío más tocho”). Por supuesto, ya tuvimos cantinela hasta llegar a casa y fuimos objeto de chanzas en numerosas ocasiones más.
La víspera de Nochebuena pasé por casa de mis tíos para ver el árbol decorado y por el camino me encontré con varias personas, las cuales me decían “Feliz Navidad”. Por la noche, antes de dormir, mi madre nos solía contar cuentos o aventuras (reales e inventados) y le pregunté por qué expresaban alegremente esos deseos de felicidad; su respuesta se basó en la festividad de los días venideros y la importancia de vivirlos en familia. Aquella noche tuve un sueño que se puede resumir así:¡FELIZ NAVIDAD A TODO EL MUNDO!

Jesús (el mediano de Toño y Enedina).